Capítulo 10: La víspera del viento

Narrado por Francesca

El comedor principal de la Accademia di Volo di Torino siempre me había parecido un escenario hostil, un frío recordatorio de mi farsa diaria. Olía a repollo hervido, a rancho militar, a café quemado y a la testosterona acumulada de cien reclutas que competían salvajemente por ser los mejores. Pero esa noche, el ambiente se sentía denso, casi irrespirable. La verdadera tensión no provenía de mis compañeros de pabellón, sino del hombre sentado en la mesa presidencial de oficiales, al fondo del imponente salón de techos altos.

Habían pasado exactamente veinticuatro horas desde nuestro brutal encuentro en el gimnasio. Veinticuatro horas desde que llevé a Alessandro Rossi al límite absoluto de su resistencia física, desde que rocé sus labios en un arranque de locura y estuve a un milímetro de destruir mi mundo si sus manos hubieran bajado hacia el lino que aprisionaba mi pecho.

Me senté en el extremo de la larga mesa de madera maciza, apartada deliberadamente de Marco y su séquito de matones. Tras el altercado en el sótano y su humillante expulsión de la pista el día anterior, me miraban con una mezcla de odio reconcoroso y un temor nuevo, sordo. Frente a mí, el plato de minestrone tibio se enfriaba sin que yo mostrara el más mínimo apetito. Cada vez que intentaba tragar un bocado, el pinchazo agudo en mis costillas fisuradas me recordaba el precio de seguir encubriendo mi identidad, y la insoportable rigidez de la faja alrededor de mi torso me gritaba que la mentira se volvía más peligrosa con cada hora que pasaba.

Mantuve la cabeza baja, fingiendo estudiar el caldo, forzando mis hombros a adoptar la postura recta y severa de un soldado disciplinado. Sin embargo, mis ojos, traidores y magnéticos, buscaron inevitablemente la mesa de la jerarquía militar.

Ahí estaba él. El Capitán Alessandro Rossi.

Vestía el uniforme de gala de la aeronáutica, perfectamente planchado, con los botones dorados destellando bajo la mortecina luz amarilla de los grandes candelabros coloniales. Su rostro era una auténtica máscara de piedra tallada: gélido, aristocrático e impenetrable. Se sentaba a la derecha del Coronel Moretti, rodeado de instructores veteranos que reían y gesticulaban, pero Alessandro parecía habitar en un plano completamente distinto, a kilómetros de distancia de la realidad. No probaba bocado. Solo jugueteaba de forma autómata con el tenedor sobre la porcelana, manteniendo su mirada gris fija en un punto invisible y difuso de la pared opuesta.

Nadie a su alrededor se atrevía a dirigirle la palabra. El silencio que emanaba del Capitán era un muro tan grueso y pesado que parecía absorber el bullicio del resto del comedor. Los oficiales compartían miradas de incomodidad de reojo, pero nadie poseía la osadía de perturbar el cerco de su sombrío humor.

Yo conocía perfectamente la razón de ese mutismo. Sabía que detrás de la fachada del héroe de guerra implacable, había un hombre físicamente exhausto por la paliza que nos habíamos infligido mutuamente, un hombre atormentado por el recuerdo de un roce prohibido y por la confusión de un deseo que la Italia de 1952 condenaba directamente al fuego del infierno. Y, sobre todo, sabía que él era plenamente consciente de mi presencia en el salón. Aunque no me dirigió la mirada ni una sola vez en toda la velada, sentía la vibración de su atención clavada en mí, como una corriente eléctrica que me recorría la espina dorsal.

Fue una cena de un mutismo sepulcral para nosotros, una tortura psicológica donde el tintineo de los cubiertos contra el metal resonaba en mis oídos con la violencia de disparos en mitad de la noche. Cuando el Coronel Moretti finalmente se puso de pie para dar por terminada la sesión, el arrastrar de las bancas y el eco de las botas militares supuso un alivio momentáneo. Me levanté de inmediato, deseando camuflarme entre la masa de uniformes y escapar de esa atmósfera asfixiante.

—¡Vitali! —la voz de Alessandro cortó el aire del comedor con la precisión quirúrgica de una bayoneta. No fue un grito, sino una orden absoluta, de una gravedad que hizo que varios reclutas a mi alrededor se congelaran en el sitio.

Me detuve en seco, conteniendo la respiración. Alessandro se mantenía de pie junto a su mesa, mirándome de frente por primera vez en todo el día. Sus ojos grises, inyectados en sutiles hilos de sangre por la falta de sueño, destellaban con una furia contenida que amenazaba con desbordarse.

—A mi oficina. Ahora mismo —sentenció, antes de dar la vuelta y desaparecer por la puerta trasera del comedor.

Crucé el largo pasillo de madera pulida con el corazón galopando con violencia contra mis vendas. El corredor olía a cera de piso, a tabaco rancio y a la solemnidad de una institución que no perdonaba los errores. Al llegar a su despacho, contuve el temblor de mis manos y llamé firmemente a la madera tres veces.

—Adelante —bramó su voz, ronca y profunda.

Entré. La oficina estaba sumida en una penumbra casi mística, iluminada únicamente por la claridad de una luna llena que se filtraba a través del enorme ventanal, proyectando sombras alargadas sobre los mapas cartográficos de las paredes. Alessandro se encontraba de espaldas, apoyando los puños sobre el alféizar de la ventana, contemplando la pista de aterrizaje donde los hangares de metal brillaban como espectros plateados. Se había despojado de la chaqueta de gala; vestía solo la camisa blanca de algodón, con las mangas pulcramente remangadas hasta los antebrazos, revelando los tendones tensos y la piel curtida por el sol del mediterráneo. El ambiente olía a café amargo, a papel viejo y a esa penetrante loción cítrica que ya se había instalado en mis pesadillas.

Cerré la puerta a mis espaldas y me cuadré en posición de firmes, soportando el latigazo de dolor que recorrió mi costado.

—¿Señor? —pronuncié, forzando el tono rasposo de Francesco.

Alessandro permaneció inmóvil durante un minuto entero. El tic-tac monótono del reloj de péndulo parecía dilatar el tiempo de una forma agónica. Cuando finalmente se giró, supe que las veinticuatro horas de aislamiento no habían aplacado su tormento. Se acercó a mí con paso lento pero firme, deteniéndose a la distancia exacta que dictaba la etiqueta militar, aunque la violencia de su energía borraba cualquier protocolo.

—Lo que ocurrió anoche en el gimnasio, Vitali... —comenzó, y su voz era un susurro gélido que vibraba con un peligro real—, fue una flagrante falta al honor y a la cadena de mando. Me desafió. Me llevó a un límite absurdo y tuvo el atrevimiento de usar palabras que en esta base aérea le habrían costado un consejo de guerra inmediato.

—No busqué faltarle al respeto, Capitán —sostuve su mirada con la barbilla en alto, negándome a empequeñecerme ante su imponente estatura—. Solo defendí mi derecho a no ser pisoteado. Le demostré que este "muchacho de Turín", como usted me llama, tiene la misma capacidad de resistir el castigo que su instructor preferido.

Alessandro apretó la mandíbula con tanta fuerza que vi el músculo de su mejilla contraerse de forma espasmódica. Se inclinó hacia mí, invadiendo mi espacio, permitiendo que el calor de su cuerpo volviera a desestabilizar mi guardia.

—Usted es un insensato, un arrogante que cree que el cielo le pertenece solo por tener agallas —siseó, con los ojos fijos en los míos—. Se empeña en buscar un significado místico a lo que no fue más que un momento de debilidad física. Un error absoluto provocado por el cansancio. Yo soy un oficial de la Fuerza Aérea, Vitali. Tengo una esposa en Roma, un apellido que honrar y una reputación intachable que no voy a dejar que un recluta insolente ponga en entredicho con insinuaciones perversas.

—¿Insinuaciones? —repetí, y una audacia desesperada se apoderó de mí, haciendo que diera un paso al frente hasta casi rozar su pecho—. Sigue usando su honor y a Bianca como un escudo, Capitán, porque le aterra admitir la verdad. Le aterra que yo haya visto al hombre real que se esconde detrás de los galones. Puede castigarme, puede arrestarme si quiere, pero los dos sabemos perfectamente que el acero del que tanto se jacta se fatiga cuando la vida que lleva es una farsa completa.

Esperé el golpe. Esperé que su puño cerrado impactara contra mi rostro o que llamara a la guardia para que me arrastraran a las celdas de castigo. Su respiración era un jadeo pesado, sus ojos grises devoraban mis facciones con una mezcla inaudita de rabia, frustración y una necesidad tan primitiva que me cortó el aliento. Estábamos en el borde mismo del precipicio, suspendidos en el aire de la habitación.

Y entonces, sucedió lo impensable.

La extrema rigidez de las facciones de Alessandro Rossi se desmoronó de golpe. No hubo violencia, ni gritos, ni amenazas. En su lugar, las comisuras de sus labios se curvaron hacia arriba y el Capitán soltó una risa.

No fue la carcajada sardónica, seca y cortante con la que solía humillar a los alumnos en el patio. Fue una risa genuina, baja, ronca, que brotó desde lo más profundo de su pecho y que sonaba cargada de una ironía amarga, cansada y extrañamente liberadora. Era la risa de un hombre que se daba cuenta, de pronto, del absoluto absurdo de su existencia; la risa de un estratega militar que aceptaba que todas sus defensas habían sido burladas por el contrincante menos pensado.

Me quedé completamente de piedra, estupefacta, perdiendo la rigidez militar por el puro impacto de la sorpresa. El sonido de su risa humana rompió la atmósfera asfixiante de la oficina como un rayo que limpia el cielo de tormenta. Alessandro echó la cabeza hacia atrás por un instante, pasándose una mano por el cabello oscuro y desordenado, negando con la cabeza como si no pudiera creer lo que estaba viviendo.

—Vitali... —susurró finalmente, y su voz poseía una calidez inaudita, desprovista de cualquier rango militar—. Es usted una criatura insufrible. Lo más testarudo, arrogante y... exasperante que ha pisado esta academia militar en toda su historia. Y lo peor de todo es que tiene una puntería maldita para encontrar las grietas en la armadura de los demás.

Me mantuve en silencio, con el corazón latiendo con fuerza, conmovida y asustada a la vez por esa repentina transformación. La distancia entre nosotros ya no se sentía como una guerra, sino como una tregua frágil y dolorosa en mitad de la noche de Turín.

Alessandro dio un paso atrás, recuperando su postura erguida con un esfuerzo visible, enderezando los hombros mientras la máscara del instructor principal volvía a colocarse lentamente sobre sus facciones, aunque sus ojos grises mantenían un brillo diferente, una chispa de respeto que no intentó ocultar. Se acercó a su escritorio de caoba, cogió una carpeta de cuero marrón y la arrojó con firmeza sobre la mesa.

—Suficiente de filosofías de barracón, recluta. Volvamos a la realidad de la fuerza aérea —declaró, y su tono recuperó la rigidez del mando formal, aunque con un matiz implícito de profunda expectación—. Ha demostrado tener una memoria teórica impecable y una resistencia física insana para soportar el castigo. Ya no tengo motivos reglamentarios para mantenerlo en tierra. Mañana. Mañana exacta a las seis de la mañana, en el hangar tres. Tiene su primera prueba de vuelo real.

La frase cayó en el silencio de la estancia con la fuerza de un impacto de artillería. Sentí una descarga de adrenalina pura recorrer cada una de mis venas, borrando instantáneamente el cansancio y el dolor de mis costillas. Mañana. Mi sueño de infancia, el motivo por el cual había renunciado a mi nombre, a mi cabello y a mi vida como Francesca para convertirme en un soldado de mentira, estaba finalmente al alcance de mis manos.

—¿El vuelo... de bautismo, señor? —pregunté, carraspeando para estabilizar mi voz masculina, sintiendo que un temblor de emoción me embargaba.

—Así es —confirmó Alessandro, cruzándose de brazos y sosteniéndome la mirada con una fijeza implacable—. Subirá a un Macchi M.B.326. Yo iré en la cabina trasera como su instructor evaluador. Veremos si toda esa palabrería sobre el acero y la libertad se sostiene cuando tenga el control de mandos a tres mil metros de altura y el viento intente arrancarle las alas. No me decepcione, Francesco. Si titubea allá arriba un solo segundo, lo traeré de vuelta a la tierra y su carrera habrá terminado para siempre.

Me cuadré de inmediato, haciendo chocar los tacones de mis botas con una fuerza que resonó con orgullo en las paredes de la oficina. Llevé la mano derecha a la sien en un saludo militar perfecto, sintiendo que por primera vez el uniforme me encajaba de verdad.

—No lo decepcionaré, Capitán. Mañana a las seis en el hangar.

—Retírese, recluta. Descanse lo que pueda —ordenó, dándome la espalda una vez más para mirar el ventanal.

Di media vuelta y salí de la oficina, cerrando la puerta con cuidado. Una vez en la soledad del pasillo iluminado por la luna, me apoyé contra la pared de madera, dejando salir el aire de mis pulmones en un suspiro tembloroso. Mis manos seguían vibrando de pura emoción. Mañana subiría al cielo. Mañana desafiaría la gravedad y las leyes de los hombres. Pero mientras contemplaba la silueta plateada de los aviones a través de las ventanas del corredor, supe con absoluta certeza que la batalla más peligrosa de mi vida no la libraría contra las turbulencias del viento, sino en la cabina cerrada, a miles de pies de altura, compartiendo el aire con el hombre que acababa de reír en la penumbra.

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