Mundo ficciónIniciar sesiónNarrado por Francesca
El reloj de pared del hangar marcaba las once de la noche cuando el ensordecedor bullicio de los barracones finalmente comenzó a apagarse. Aguardaba en la penumbra de mi litera, con los ojos abiertos de par en par, fija la mirada en el techo de chapa galvanizada. Había esperado con una paciencia agónica a que el último de los reclutas regresara de las duchas comunales y las luces principales fueran apagadas. Solo cuando los ronquidos roncos y acompasados de casi cincuenta hombres llenaron el espacio, me atreví a moverme.
Me deslicé fuera de las mantas ásperas con absoluto sigilo, sosteniendo una pequeña toalla gris y una muda de ropa limpia contra mi pecho encorsetado. Caminé descalza, evitando las maderas que crujían por el peso, guiada apenas por la mortecina luz de luna que entraba por el ventanal roto.
El baño común era un lugar lúgubre, con paredes de cemento húmedo y una hilera de tuberías expuestas que goteaban con un eco cansino. Entré y suspiré aliviada al confirmar que el lugar estaba desierto. Me acerqué a uno de los lavabos y, con manos temblorosas por el cansancio, comencé a desabotonar la pesada chaqueta verde oliva del uniforme y la camisa de cuello rígido. Al retirarlas, el aire frío de la noche chocó contra la tira de lino que aprisionaba mi torso. Solté un quejido sordo entre los dientes. El vendaje me había dejado marcas rojas, vivas y dolorosas en la piel después de todo un día de esfuerzo físico, pero no podía arriesgarme a aflojarlo demasiado. Con cuidado, comencé a humedecer la toalla para limpiarme el rostro y el cuello, disfrutando del breve alivio del agua fría.
—Vaya, vaya. Pero si es el sabelotodo de los motores.
La voz profunda, arrastrada y teñida de una ironía mordaz, hizo que me congelara por completo. El pánico me atenazó la garganta, helándome la sangre. Me giré de golpe, pegando la espalda contra la porcelana del lavabo y cruzando los brazos sobre mi pecho vendado en un acto reflejo de pura supervivencia.
Apoyado contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados y una sonrisa de suficiencia que le tensaba la mandíbula, estaba el Capitán Alessandro Rossi. No vestía su chaqueta militar impecable; solo llevaba una camiseta blanca de algodón que marcaba sus hombros anchos y los pantalones del uniforme. Su cabello oscuro estaba ligeramente desordenado, dándole un aspecto menos rígido, pero sus ojos grises seguían siendo igual de peligrosos.
—¿Qué pasa, Vitali? —se burló Alessandro, dando un paso lento hacia el interior del baño—. ¿Acaso el gran experto en aerodinámica le teme a un poco de agua fría, o es que necesitas que tu mamá venga a lavarte las orejas? Llevas casi una hora escondido en tu litera esperando a que todos se durmieran. Los soldados de verdad no se ocultan para asearse.
Tragué saliva, obligándome a mantener la respiración calmada para que el miedo no delatara la agudeza de mi voz.
—No me estaba escondiendo, Capitán —le respondí, entornando los ojos con fastidio—. Simplemente prefiero la tranquilidad. No sabía que el reglamento militar incluía que el instructor principal vigilara los horarios de baño de sus reclutas.
Alessandro soltó una carcajada seca, acortando la distancia entre ambos. Ver mi postura defensiva, con los brazos pegados al cuerpo y una mirada que destilaba un orgullo que él no lograba doblegar, pareció provocarle una extraña mezcla de diversión e irritación.
—En mi academia, Vitali, yo vigilo lo que me da la gana —replicó el capitán, deteniéndose a escasos dos pasos de mí—. Especialmente a los eslabones débiles que creen que pueden sostener la mirada a sus superiores. Mírate, estás temblando como un cachorro asustado. Si no puedes soportar una broma en los barracones, mañana en la pista te voy a hacer llorar.
La palabra "débil" resonó en mi cabeza como un resorte. El cansancio acumulado, la presión asfixiante del vendaje y el desprecio constante de ese hombre hicieron que mi paciencia estallara. Olvidando por completo el peligro mortal de mi situación, di un paso violento hacia el frente, quedando a escasos centímetros de él.
—¡Ya le dije que no soy débil! —exclamé, encarándolo con los puños cerrados—. Deje de buscar excusas para echarme. Si tanto le molesta mi presencia, admita que le da miedo que un recluta al que considera inferior termine siendo mejor piloto que usted.
Alessandro entrecerró los ojos, sorprendido y enfurecido por mi audacia. Avanzó con brusquedad para sujetarme del hombro y poner fin a mi insubordinación, pero yo, en un intento desesperado por retroceder y evadir su agarre, pisé el suelo empapado y resbaladizo de cemento.
Perdí el equilibrio por completo. Mis brazos se agitaron en el aire y, por puro instinto de no caer al suelo, me aferré a la camiseta de Alessandro. El capitán, tomado por sorpresa por mi peso y el movimiento repentino, no pudo sostener el eje y ambos nos venimos abajo en un enredo de piernas y uniformes.
El impacto contra el suelo húmedo fue seco, pero el dolor físico quedó suspendido en el aire de inmediato, reemplazado por una tensión sofocante que me impidió respirar.
Habíamos quedado atrapados en una posición peligrosamente íntima. Yo estaba tendida de espaldas sobre el cemento, y Alessandro se encontraba semiapoyado sobre mí, con una mano plantada a un lado de mi cabeza y la otra apoyada firmemente sobre el suelo, justo al nivel de mis caderas. Su rostro estaba a escasos centímetros del mío.
El tiempo pareció detenerse. Alessandro se quedó petrificado, con la respiración contenida. La proximidad era absoluta; podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, y él parecía resentir el mío, un calor que se sentía extrañamente suave, ajeno a la rigidez de cualquier otro soldado. Pero lo que realmente lo paralizó fueron mis ojos. Desde esa distancia, despojada de la gorra militar y con el cabello revuelto, mi mirada debía ser un torbellino oscuro y profundo.
El capitán pareció sufrir una violenta punzada de incomodidad y confusión que le recorrió la espina dorsal. Sentir esa descarga eléctrica al mirar a los ojos a un supuesto recluta hombre iba en contra de todo lo que él era, de su moral y de las estrictas leyes del ejército.
Por mi parte, el pánico de que él bajara la mirada y notara la textura de las vendas bajo mi camisa abierta me hizo ponerme rígida como una piedra.
Apenas pasaron unos segundos que parecieron horas, Alessandro reaccionó. Se apartó de mí de un tirón, poniéndose de pie con un movimiento torpe y brusco que denotaba su desesperación por marcar distancia. Su rostro estaba encendido de rabia y turbación. Se pasó una mano por el cabello, dándome la espalda por un instante para intentar recuperar el control de su propia voz, que se sentía extrañamente ronca.
Cuando se giró de nuevo, la frialdad en sus ojos era absoluta, una máscara de hierro para ocultar el miedo a lo que acababa de sentir.
—¡¿Qué demonios cree que está haciendo, recluta?! —me rugió con un grito ahogado, señalándome con el dedo tembloroso—. ¡Esto es una falta de respeto intolerable! ¡Es un torpe, un incompetente y un peligro para esta academia! No sabe caminar en tierra firme y pretende domar un avión.
Me incorporé lentamente, sentándome en el suelo mientras me abotonaba la camisa a toda prisa con dedos temblorosos, sin dejar de mirarlo.
—Fue un accidente, Capitán, usted me acorraló...
—¡Cállese! —me cortó, con una severidad implacable—. No quiero escuchar una sola palabra más de su boca. Póngase de pie, arréglese ese uniforme y lárguese de aquí inmediatamente. Si vuelvo a ver un solo desliz de su parte, una sola mirada insolente, lo mandaré a arrestar por insubordinación antes del amanecer. ¡Fuera!
Me levanté, recogí mis cosas del suelo y, tras clavarle una última mirada cargada de orgullo y confusión, salí a paso veloz del baño.
Alessandro se quedó solo en el recinto húmedo. Sé que se habrá quedado mirando su propio reflejo en el espejo empañado, intentando entender por qué, por primera vez en su disciplinada vida, sentía que estaba perdiendo el control por completo.







