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Narrado por Francesca
El aire denso del verano de 1952 pesaba sobre Turín como una losa de piedra. En el pequeño taller mecánico de mi familia, el olor a grasa, gasolina y hierro fundido era lo único que me recordaba que seguía viva. Con las manos ennegrecidas y el rostro manchado de hollín, ajustaba con precisión el carburador de un viejo motor Alfa Romeo. Sé que mis ojos oscuros brillaban con una intensidad que no encajaba en la Italia de la posguerra. Esta era una época donde las mujeres debían ser delicadas decoraciones en el salón, no mecánicos sumergidos entre la chatarra.
Para mí, esos motores eran mis alas. Cada pieza que limpiaba, cada engranaje que encajaba en su sitio, me acercaba un milímetro más al cielo. Mi sueño nunca fue remendar autos viejos para los burgueses de la ciudad; mi verdadera obsesión era pilotar los gigantes de metal que surcaban las nubes.
—¡Francesca! ¡Por amor de Dios, sal de ese foso de una vez!
La voz estridente de mi madre, Signora Elena, rompió la sinfonía de mis herramientas. Suspiré profundamente, limpiándome la frente con el dorso del brazo, sabiendo que solo lograría dejar una línea negra sobre mi piel. Salió de la fosa del taller y me topé de frente con su mirada horrorizada. Sostenía un vestido de seda color rosa pálido entre los dedos, extendiéndolo ante ella como si fuera un escudo de decencia contra mi mundo.
—Mírate —se lamentó, persignándose con esa devoción exagerada que tanto me irritaba—. Pareces un deshollinador. Tu padre y el signor Bianchi están por llegar para la cena. ¿Es que quieres matarme de la vergüenza? Un hombre de la posición de Pietro Bianchi no busca una esposa con grasa bajo las uñas.
—No me importa lo que busque Pietro Bianchi, mamá —le respondí, dejando caer la llave inglesa. El golpe seco resonó en todo el cobertizo—. Él busca una muñeca silenciosa que le cocine polenta y le dé hijos. Yo no soy esa mujer. Quiero postularme a la Accademia di Volo di Torino. Ya completé los planos teóricos y...
—¡Basta! —El grito de mi madre me cruzó la cara como una bofetada, cortando el aire—. No quiero volver a escuchar esa insensatez. Las mujeres no estudian aviación, Francesca. Las mujeres no estudian nada en este país si no es para ser maestras o enfermeras, y eso solo con el permiso de sus maridos. Es la ley, es la iglesia, es la maldita realidad. Vas a casarte, vas a tener un hogar y vas a olvidar esa locura de volar antes de que arruines nuestro apellido.
Sus palabras se clavaron en mi pecho, pero me obligué a no derramar una sola lágrima. El dolor maduró rápido dentro de mí, transformándose en pura rabia. Sabía perfectamente cómo funcionaba nuestro mundo. En esta Italia, una mujer sin esposo era una paria, y una mujer con aspiraciones académicas era tratada como una enferma mental.
Unas horas más tarde, la cena se convirtió en la ejecución formal de mi libertad. La mesa estaba vestida con el mejor mantel de encaje, ese que solo salía a la luz en los funerales y las tragedias camufladas de fiesta. Sentado frente a mí, Pietro Bianchi, un hombre regordete de casi cuarenta años que apestaba a tabaco barato y cargaba una suficiencia que me revolvía el estómago, hablaba con mi padre sobre el precio del acero.
—Francesca es una muchacha bonita, Alberto —comentó Pietro, mirándome de arriba abajo con una mezcla de posesión y desagrado por mis modales distantes—. Lástima que tenga un carácter tan... indómito. Pero no te preocupes, un par de meses en mi casa y aprenderá cuál es su lugar. El hogar de una mujer es el reino de su marido. No necesita saber más que eso.
Alberto Vitali, mi padre, un hombre devorado y cansado por los años de trabajo pesado, asintió en silencio. Evitó mis ojos, huyendo de la mirada suplicante que no pude ocultar.
—Pietro tiene razón, hija —dijo mi padre con su voz grave, la misma que usaba para decretar que un motor ya no tenía arreglo—. El tiempo de jugar en el taller se terminó. Mañana mismo firmaremos el compromiso. Tu hermano Francesco se ha quedado en América y no va a regresar; necesito la seguridad económica que este matrimonio nos dará. Acepta tu destino. No puedes estudiar. No puedes volar. No insistas más.
Aquella frase fue la gota que colmó el vaso: "No puedes". La sociedad me lo gritaba, las leyes del gobierno italiano me lo imponían, y ahora mi propia familia me ponía las cadenas en mi propia casa.
Sentí que las paredes del comedor se cerraban sobre mí, asfixiándome. Miré a Pietro, que me sonreía con la prepotencia de quien se sabe dueño absoluto de mi futuro. En ese instante, algo se rompió definitivamente en mi interior, y en su lugar nació una determinación fría, afilada y peligrosa. Si el mundo me cerraba las puertas por el pecado de ser mujer, entonces dejaría de serlo.
A medianoche, cuando toda la casa dormía un sueño profundo y pesado, me levanté sin hacer ruido. Caminé descalza, sintiendo el frío del suelo, hasta el antiguo dormitorio de mi hermano Francesco. La habitación olía a polvo, a naftalina y a recuerdos abandonados. Abrió el viejo armario de madera y saqué el uniforme militar de gala que él había dejado atrás antes de cruzar el océano; los papeles de su plaza aceptada en la academia aún seguían en el bolsillo interior.
Me despojé del camisón de dormir y me paré frente al espejo roto del tocador. Tomé las largas vendas de lino que utilizábamos en el taller para cubrir las heridas de los accidentes y comencé a enrollarlas alrededor de mi pecho. Apreté con fuerza, conteniendo la respiración, hasta que mis curvas desaparecieron bajo el lienzo blanco, dejándome el torso plano y rígido. El dolor físico no era nada comparado con la adrenalina que corría por mis venas.
Luego, tomé las tijeras de costura de mi madre. La luz de la luna se reflejó en el acero afilado. No lo dudé. Agarré un mechón de mi larga cabellera castaña y corté. Uno tras otro, mis rizos cayeron al suelo como hojas muertas en otoño. Con los dedos temblorosos, emparejé el corte hasta que mi reflejo mostró un cabello corto, desordenado y puramente masculino.
Me vestí con los pantalones holgados, la camisa de cuello rígido y la chaqueta militar con los botones dorados de los Vitali. Me calcé las botas de cuero pesado, sintiendo cómo cambiaba mi postura, cómo el peso me obligaba a plantar los pies de otra manera. Al mirarme de nuevo en el espejo, Francesca ya no estaba allí. En su lugar, un joven de facciones finas y mirada desafiante me observaba desde la penumbra.
Tomé los documentos de admisión de mi hermano, modifiqué la firma con pulso de cirujano y agarré una pequeña maleta con lo indispensable. Salí por la ventana del taller, pisando el suelo de Turín por última vez como una mujer sumisa.
El tren hacia la Accademia di Volo di Torino partía al amanecer. Caminé hacia la estación con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho encorsetado. Sabía que si me descubrían, terminaría en la cárcel o en un manicomio. Pero mientras miraba el cielo aclararse en el horizonte, comprendí que prefería morir intentando alcanzar las nubes, que vivir enterrada en la tierra que otros habían elegido para mí.







