Capitulo 5: El precio de la resistencia

Narrado por Francesca

El silbato del suboficial volvió a sonar a las cinco de la mañana, inaugurando una semana de entrenamiento físico brutal. El Capitán Alessandro Rossi cumplió su promesa con una severidad implacable. Mientras los demás reclutas realizaban tres vueltas a la pista de aterrizaje con el equipo militar a cuestas, a mí me ordenaba hacer cinco. Durante las prácticas de calistenia bajo el sol abrasador, los ojos grises del instructor no se apartaban de mi cuerpo, buscando el más mínimo titubeo en mis brazos o el menor signo de fatiga para gritarme y humillarme frente a toda la compañía.

Sin embargo, lo que más enfurecía a Alessandro no era mi incompetencia, sino todo lo contrario: yo aguantaba. Me caía, mordía el polvo, pero me levantaba con los dientes apretados y la misma mirada oscura y desafiante que le revolvía las entrañas al capitán cada vez que cruzábamos miradas. Desde aquella caída en el baño, Alessandro no había vuelto a dirigirme la palabra fuera del estricto protocolo militar, pero la tensión entre ambos era un cable de alta tensión a punto de romperse.

Esa resistencia mía, sumada al favoritismo técnico que los mecánicos del hangar me mostraban por mi brillantez con los motores, terminó por desatar la envidia de los reclutas más corpulentos. Para hombres criados en la Italia machista de los cincuenta, que un muchacho menudo, de facciones finas y voz extraña los dejara en evidencia en las pruebas teóricas era una afrenta que sus egos no podían tolerar.

La tormenta estalló el jueves por la tarde, justo después de una extenuante jornada de marcha. El suboficial me asignó la tarea de llevar los pesados sacos de lona con los uniformes sucios a la lavandería del sótano de la academia.

El sótano era un lugar aislado, húmedo y sofocante, lleno de grandes tinas de hierro, tuberías que escupían vapor caliente y un persistente olor a jabón industrial y cloro. Dejé caer el último saco de lona con un suspiro de cansancio, apoyándome contra una de las mesas de madera para recuperar el aliento. Me pasé una mano por el cabello corto, disfrutando de la breve soledad.

El crujido de la pesada puerta de madera al cerrarse a mis espaldas me puso de inmediato en alerta.

Al girarme, me encontré de frente con tres de los reclutas más grandes de mi promoción, liderados por Marco, un tipo corpulento de mandíbula ancha y mirada estúpida que me guardaba rencor desde el primer día. Los tres avanzaron lentamente, bloqueando la única salida del sótano.

—Vaya, miren a quién encontramos aquí abajo —dijo Marco, cruzándose de brazos con una sonrisa maliciosa—. El protegido de los mecánicos. El niño bonito que no habla con nadie y que se esconde como una rata cuando llega la hora de las duchas.

Me tensé por completo, adoptando una postura defensiva, aunque sabía que físicamente estaba en total desventaja.

—No tengo tiempo para tus idioteces, Marco. Tengo que terminar de clasificar la ropa —respondí, forzando mi voz grave, aunque el corazón me latía con una fuerza desbocada contra las tiras de lino que aprisionaban mi pecho.

—Tú no vas a ninguna parte, Vitali —escupió el segundo recluta, un tipo alto que se interpuso en mi camino cuando intenté avanzar—. Estamos hartos de tu superioridad. En esta academia entran hombres de verdad, no nenazas con cara de mujer que caminan como si les diera miedo romper el suelo. Estás bajando el nivel de nuestra unidad.

—Déjenme pasar —ordené, clavándole los ojos oscuros a Marco.

—¿O si no qué? —se burló Marco, dándome un empujón en el pecho que me hizo retroceder y golpear la mesa de madera—. ¿Vas a ir a llorarle al Capitán Rossi? Hemos visto cómo te mira. Eres un debilucho, Vitali. Un insulto para el uniforme. Y hoy te vamos a enseñar cuál es tu lugar.

Antes de que pudiera reaccionar o esquivarlo, Marco lanzó un puñetazo directo a mi estómago. El golpe fue certero y brutal. Al no tener la musculatura de un hombre para absorber el impacto, y con el torso ya severamente comprimido por el vendaje, el aire se me escapó de los pulmones en un quejido agónico. Me doblé sobre mí misma, cayendo de rodillas al suelo de cemento húmedo mientras luchaba desesperadamente por respirar.

—Míralo, si es que es de cristal —se mofó el tercer recluta, dándome una patada en las costillas que me arrastró por el suelo.

Reprimí un grito de dolor, cubriéndose la cabeza con los brazos. El dolor en el costado fue punzante, y el terror de que uno de los golpes rompiera el vendaje o expusiera mis senos ante ellos me paralizó por completo. Recibí otra patada en la espalda y un golpe seco en la mejilla que me cortó el labio, dejando el sabor metálico de la sangre en mi boca.

—Esto es para que recuerdes que los hombres débiles no vuelan en Italia, Vitali —sentenció Marco, agachándose para tomarme del cuello de la camisa húmeda y mirarme con desprecio—. Mañana mismo queremos ver que empaques tus cosas y te largues de esta academia. Si te quedas, la próxima vez no saldrás caminando de aquí.

Con un movimiento brusco, Marco me arrojó de nuevo contra el suelo. Los tres reclutas se rieron, me escupieron cerca del rostro y caminaron hacia la salida, cerrando la pesada puerta del sótano tras de sí y dejándome tirada en la penumbra, rodeada por el vapor asfixiante de las máquinas.

Me quedé inmóvil durante varios minutos, temblando de dolor y de rabia contenida. Tenía la mejilla inflamada, el labio partido y cada respiración me costaba un triunfo debido al golpe en las costillas. Las lágrimas de frustración amenazaban con salir, pero me las tragué con orgullo. "No van a vencerme", mi propio pensamiento me sostuvo. Apoyé las palmas de las manos en el cemento frío para intentar incorporarme. "No voy a darles el gusto de verme llorar".

Con un esfuerzo sobrehumano, logré arrastrame hasta quedar apoyada contra una de las tinas de hierro, abrazándome el abdomen herido. La lavandería volvió a quedar en un silencio sepulcral, roto únicamente por el goteo constante de las tuberías. Estaba sola, golpeada y magullada, pero mientras me limpiaba la sangre del labio con el dorso de la mano, la chispa de mi rebelión interna no hizo más que avivarse. Aquellos hombres creían haber quebrado al recluta débil, pero no sabían que bajo este uniforme habitaba una mujer dispuesta a soportar el mismísimo infierno con tal de ganarse el cielo.

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