Mundo ficciónIniciar sesiónNarrado por Francesca
El olor en el gimnasio de la academia era siempre el mismo: una mezcla rancia de sudor antiguo, hierro oxidado y el polvo denso que se colaba por las ventanas altas, flotando en los haces de luz amarillenta. Eran las once de la noche. Se suponía que los barracones debían estar en un silencio absoluto bajo la estricta vigilancia de los oficiales de guardia, pero yo sabía perfectamente que él no estaría durmiendo. Después de lo que pasó en el cobertizo bajo la tormenta, después de ese beso salvaje que rompió todas sus defensas y estuvo a un milímetro de costarme mi secreto, sabía que Alessandro Rossi no encontraría paz en una cama.
Yo tampoco la tenía. El dolor en mis costillas fisuradas era un recordatorio constante de mi fragilidad, pero la quemadura persistente en mis labios era mil veces peor. Necesitaba moverme. Necesitaba que el dolor físico apagara de una vez por todas el incendio mental que me devoraba por dentro.
Empujé la pesada puerta de madera del gimnasio, intentando que no hiciera ruido. El chirrido agudo de los goznes fue ahogado de inmediato por el sonido rítmico, seco y metálico de una máquina de poleas. Allí estaba él, tal como lo había imaginado.
Alessandro estaba de espaldas a mí, despojado de la chaqueta del uniforme que habitualmente le daba ese aire de superioridad imbatible. Vestía solo una camiseta blanca de tirantes que estaba completamente empapada de sudor, adhiriéndose como una segunda piel a los marcados músculos de su espalda ancha y sus hombros imponentes. Sus fibras musculares se tensaban y relajaban con una furia controlada, casi animal, mientras tiraba de la barra de hierro con un peso tan descomunal que habría quebrado la espina dorsal de cualquier otro hombre en esta base aérea. Tenía el cabello oscuro desordenado, chorreando gruesas gotas de sudor que brillaban bajo las bombillas desnudas del techo.
Me quedé estática junto a la entrada un segundo, aprovechando la penumbra para ajustarme con discreción la faja de lino que comprimía mi pecho. Odiaba esa tela. Odiaba la opresión constante, el aire racionado y tener que esconderme del mundo, pero odiaba aún más la simple idea de perder el cielo y la libertad que con tanto esfuerzo me estaba labrando. Y ahora, para mi propia desgracia, odiaba la forma en que mi corazón traidor se aceleraba al verlo de ese modo, tan vulnerable en mitad de su propia brutalidad.
Caminé hacia él. Mis pesadas botas militares resonaron con firmeza contra el suelo de cemento frío. Él no se detuvo, ni una sola de sus repeticiones se vio alterada, ni siquiera giró la cabeza para comprobar mi identidad, pero la repentina rigidez en sus hombros me dijo que sabía exactamente quién acababa de irrumpir en su refugio nocturno.
—El reglamento, Capitán —dije, forzando mi voz a ese tono grave, rasposo y masculino que tanto me costaba mantener, pero que ahora salía con una frialdad natural que me sorprendió a mí misma—, estipula claramente que las instalaciones de entrenamiento están cerradas después del toque de queda para todos los miembros de la base. A menos, por supuesto, que el instructor principal crea que las reglas de la institución no aplican para él.
Alessandro soltó un gruñido ahogado, completando la última repetición con una violencia inusitada, provocando un estruendo metálico ensordecedor al soltar la pesada barra de hierro. Se giró lentamente, pasándose el dorso de la mano por el rostro para limpiarse el sudor. Sus ojos grises, usualmente tan gélidos e imperturbables como el invierno alpino, estaban inyectados en sangre y oscurecidos por una furia sorda que no lograba contener por más que lo intentara. Estaba exhausto, la falta de sueño se notaba en las marcadas ojeras y en la rigidez de su postura, pero la adrenalina pura lo mantenía en pie, desafiante.
Me miró de arriba abajo con una fijeza hiriente, deteniéndose unos segundos en mi labio partido y en el hematoma verdoso de mi mejilla que Marco y sus gorilas me habían dejado en el sótano. Vi un destello efímero de algo parecido a la culpa o a la compasión en su mirada antes de que su habitual máscara de hierro volviera a caer sobre sus facciones.
—Vitali —siseó su voz, ronca y pastosa por el tremendo esfuerzo físico—. Debería mandar a arrestarlo ahora mismo por insubordinación grave y por violar el toque de queda de los barracones. ¿Qué demonios cree que hace aquí? ¿Viene a regodearse de su desfachatez? ¿A ver si ha logrado quebrarme tras lo de la otra noche?
Me acerqué más, sin importarme el peligro, deteniéndose a escasos dos metros de su imponente figura. El calor abrasador que emanaba de su cuerpo era casi palpable en el ambiente frío, mezclado con el penetrante olor a cuero, hierro y sudor.
—No necesito quebrarlo, Capitán —respondí con chulería, cruzándome de brazos a pesar del pinchazo agudo de dolor que protestó en mis costillas—. Usted solo se está quebrando. Mírese en un espejo. Se está matando a sí mismo en este gimnasio porque su mente no puede soportar la idea de que un simple "muchacho" de Turín le demostró que es de carne y hueso. No puede tolerar el hecho de que lo besé en el cobertizo y que, muy en el fondo de su ser, le gustó cada maldito segundo.
Alessandro dio un paso al frente con una agresividad imponente que me obligó a tensar las piernas para no retroceder. Sentí su respiración errática y caliente rozar mi frente. Se inclinó sobre mí, dejando su rostro a escasos centímetros de mis ojos.
—Cállese —amenazó en un susurro gélido, tan bajo que me erizó los vellos de la nuca—. No tiene la más mínima idea de lo que está hablando, recluta. Si tuviera un solo gramo de decencia y dignidad, Vitali, ya habría empacado sus cosas y se habría largado de esta base en el primer tren de la mañana. Lo que pasó en el cobertizo... fue un error espantoso. Una aberración de la que me avergüenzo. Una debilidad de un segundo que jamás, ¿me escucha bien?, jamás volverá a repetirse en esta vida. Yo soy su oficial superior, le debo respeto a este uniforme. Soy un hombre casado. Y usted es solo...
—¿Un recluta de sus filas? —completé sus palabras con una sonrisa amarga, desafiante y cargada de ironía, sosteniéndole la mirada gris sin pestañear—. ¿Eso es lo que le dice a su golpeada conciencia por las noches, Capitán? ¿Que besó a un simple recluta? Porque la reacción de su cuerpo contra el mío en ese cobertizo me dijo una cosa completamente distinta. No sentí que estuviera besando a un error de su parte. Sentí que estaba besando a un hombre desesperado por sentir algo real, algo vivo, más allá de su maldito uniforme de gala y de su matrimonio vacío con Bianca.
Alessandro se tensó de golpe, transformándose en un cable de alta tensión a punto de romperse y electrocutar todo a su alrededor. Vi cómo sus puños se cerraban con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron de un blanco fantasmal. Estaba a un milímetro de golpearme, lo leía en la violencia de sus pupilas. Pero yo no era la Francesca asustadiza en ese momento; no era la chica del taller mecánico. Era Francesco Vitali, un soldado que se negaba a temerle a su propio instructor.
Di un paso lateral y señalé con la barbilla el banco de pesas cercano, donde una barra cargada con macizos discos de hierro esperaba en el soporte.
—Está enojado, Capitán. Está furioso consigo mismo y conmigo por haber provocado esta tormenta. Bien. Use esa maldita furia. Me repite una y otra vez que soy débil, que no tengo el físico ni la resistencia necesarios para pilotar un avión de combate. Demuéstreme lo contrario aquí mismo. Demuéstreme que su estricta disciplina militar es mucho más fuerte que su "debilidad" de hombre. Lo desafío.
Alessandro me miró de hito en hito, desconcertado por mi repentino cambio de tono y por la audacia de mis palabras. La arrogancia de mi desafío golpeó directo en la línea de flotación de su orgullo de oficial veterano.
—¿Me está desafiando a mí? —soltó una carcajada seca, áspera y desprovista de cualquier rastro de humor—. Vitali, apenas puede mantenerse en pie sin que se le corte la respiración por esas costillas fisuradas. ¿Pretende acaso entrenar a mi nivel en este gimnasio?
—No —sonreí con una frialdad que helaba la sangre—. Pretendo que usted entrene conmigo hasta que no pueda levantar un solo dedo. Usted cree ciegamente que el dolor físico purifica el alma de los pecados, ¿no es así? Bien. Purifíquese entonces. Entrene hasta que no le queden fuerzas físicas para pensar en nada, ni para odiarme con esa intensidad, ni para desearme como me desea. Si usted me hace rendir, me iré de la academia mañana mismo al amanecer sin decir una palabra. Pero si yo aguanto su ritmo... se calla la boca y deja de intentar sacarme de mis filas.
La apuesta suicida estaba sobre la mesa. En la Italia conservadora de los años cincuenta, el honor y la palabra dada lo eran todo para un militar de su estirpe. Alessandro Rossi no podía rechazar un desafío directo de un recluta inferior sin quedar ante sí mismo como un absoluto cobarde.
Me clavó una mirada de puro odio concentrado, pero apretó los dientes y aceptó el trato.
—Prepárese para arrepentirse de haber nacido, Vitali —sentenció, y su voz recuperó el tono tajante de una orden de ejecución—. Al banco de pesas. Cincuenta repeticiones individuales. Sin un solo segundo de descanso entre series. Muévase.
El entrenamiento que siguió a continuación se transformó en una tortura sádica, brutal y deshumanizada. Alessandro no me dio la más mínima tregua ni mostró un ápice de compasión por mis lesiones. Me arrastró a través de series interminables de levantamiento de barras, flexiones de brazo sobre el cemento y abdominales repetitivas que hacían que mis costillas fisuradas gritaran de agonía con cada torsión de mi torso. Él entrenaba a mi lado, cargando el doble de peso en sus hombros, con una furia implacable que parecía alimentarse de nuestro mutuo cansancio. No hablábamos. El aire del gimnasio se llenó únicamente con el eco de nuestras respiraciones entrecortadas, el crujido sordo de mis dientes apretados para no gritar de dolor y el choque seco y metálico del hierro contra el suelo.
Yo estaba completamente empapada en sudor. El rígido vendaje de lino me asfixiaba el pecho, limitando mi capacidad de oxígeno a niveles peligrosos. Mis músculos temblaban como hojas al viento y el dolor en mi costado izquierdo era un auténtico incendio que amenazaba con hacerme perder el conocimiento. Varias veces estuve a punto de colapsar sobre el cemento, pero cada vez que levantaba la vista y veía a Alessandro a mi lado, con la mirada fija en mí, llena de desprecio y de una extraña e intensa expectación, encontraba una reserva secreta de fuerzas donde ya no quedaba nada. Sabía con certeza que si caía al suelo, él habría ganado. Él se desharía de mí con una sonrisa de suficiencia y yo perdería mi único sueño de libertad. No podía permitírselo bajo ningún concepto.
Sin embargo, Alessandro tampoco estaba bien. A pesar de su físico imponente de atleta militar, la acumulación de noches sin dormir, el café amargo y la brutal carga de trabajo que se estaba autoimponiendo para acallar su mente lo estaban llevando directo a su propio límite estructural. Veía perfectamente cómo sus brazos torneados temblaban de forma sutil al levantar la pesada barra, cómo su respiración se volvía un jadeo agónico que le desgarraba la garganta. Su camiseta blanca estaba tan empapada de sudor que se había vuelto casi translúcida, dejando ver la cicatriz de guerra que cruzaba su costado. El dolor físico extremo estaba empezando a cumplir su función, nublando su mente militar, exactamente como yo lo había planeado.
—¿Ya es... suficiente... Capitán? —conseguí jadear con dificultad extrema, después de completar una última serie de sentadillas que me dejó la vista temporalmente borrosa y llena de estática.
Alessandro soltó la pesada barra que sostenía y se apoyó de espaldas contra la fría pared de ladrillos, respirando de manera violenta, con el pecho subiendo y bajando como un fuelle. Estaba inusualmente pálido y mantenía los ojos cerrados, tratando de estabilizar el mareo.
—¡Siga... Vitali! —rugió, pero su voz ya no poseía la firmeza del mando militar habitual; era más bien un grito desesperado de un hombre al borde del abismo—. ¡Usted dijo en la pista que no era débil! ¡Demuéstrelo ahora!
—El único que ya no puede dar un paso más es usted —respondí con voz queda, acercándome a él paso a paso, sintiendo mis propias piernas de trapo a punto de rendirse por completo. Me detuve a escasos centímetros de su cuerpo—. Mírese, Alessandro. Ya no le quedan fuerzas ni para odiarme, ¿verdad? Su dolor físico ya no purifica absolutamente nada. Solo es dolor estúpido.
Alessandro abrió los ojos con lentitud. Ya no quedaba rastro de la furia gélida en sus pupilas grises. En su lugar, encontré una pura, cruda y brutal vulnerabilidad humana. El entrenamiento despiadado lo había vaciado por completo de todas sus defensas y máscaras. En ese instante de la madrugada, ya no era el temido Capitán Rossi, el héroe condecorado de la aviación italiana; era simplemente un hombre agotado, profundamente confundido y herido en lo más profundo de su orgullo de varón.
Se deslizó lentamente por la pared de ladrillos hasta quedar sentado directamente en el suelo de cemento, apoyando la cabeza entre las rodillas. Estaba temblando de forma imperceptible, exhausto hasta la médula de sus huesos.
Me agaché frente a él con lentitud, cuidando de no quebrar mis propias costillas. Mis piernas amenazaban con fallar y hacerme caer, pero la victoria moral estaba ahí, al alcance de mi mano. Lo había llevado con éxito a su límite absoluto. Lo había quebrado físicamente para poder acceder, por fin, a los secretos de su mente torturada.
—Dijo que yo era el eslabón débil de su cadena, Capitán —dije, y mi voz tembló ostensiblemente por el esfuerzo supremo, pero esta vez fue cargada de una extraña mezcla de ternura oculta y ferocidad al mismo tiempo—. Dijo con desprecio que la aviación era una disciplina exclusiva para hombres hechos de acero inoxidable. Pero el acero también se cansa, Alessandro. El acero también se fatiga y se quiebra de forma irremediable si lo sometes a demasiada presión continua.
Alessandro levantó la cabeza despacio. Me miró fijamente a los ojos, y por un segundo que pareció eterno, la máscara implacable del Capitán Rossi desapareció por completo de la faz de la tierra. En su lugar, vi al hombre real que habitaba bajo las medallas: al hombre atrapado en un matrimonio por conveniencia y vacío con Bianca, al hombre asfixiado de forma cotidiana por las altísimas expectativas de una sociedad hipócrita y estricta, al hombre que había sentido un latido real de vida en los labios heridos de su recluta y que ahora se encontraba genuinamente horrorizado de su propia y pecaminosa humanidad.
—Vitali... —susurró con una voz rota, rasgada, llena de una desesperación silenciosa que me caló hondo—. ¿Qué... qué es lo que busca arrancar de mí? ¿Por qué demonios no me hace caso y se marcha de esta academia de una vez por todas?
Me acerqué un poco más, manteniéndome agachada frente a él. La tensión prohibida y magnética volvió a llenar cada rincón del aire húmedo del gimnasio, pero esta vez no poseía esa naturaleza agresiva de antes; era una tensión suave, dolorosa, abrumadora y trágica. El olor a su sudor corporal y a la conocida loción de afeitar cítrica, mezclado con el polvo flotante del gimnasio, me inundó los sentidos por completo, nublándome el juicio.
Extendí mi mano temblorosa hacia su rostro húmedo. Mis dedos, sucios por el roce con el metal de las pesas y el sudor del esfuerzo, rozaron con delicadeza su mandíbula rígida, cubierta por una incipiente sombra de barba. Él no se apartó de mi contacto. Al contrario, cerró los ojos con un quejido agónico, como si mi simple toque le provocara un dolor espiritual insoportable y, al mismo tiempo, fuera el único oasis que deseaba con desespero en mitad de su desierto.
—Vine aquí a Turín con el único propósito de volar, Capitán —respondí en un susurro tan tenue que salió de mi garganta más como Francesca que como el soldado Francesco, un susurro cargado de feminidad que estuvo a punto de delatar mi farsa—. Pero ahora... ahora sé que no puedo marcharme de este lugar porque usted está aquí metido. Y porque yo sé perfectamente que debajo de ese uniforme impecable, hay un hombre que no merece estar tan sumamente solo en su propia vida.
Me incliné un poco más hacia él, reduciendo la distancia física. Mi respiración caliente y acelerada rozó su mejilla empapada de sudor. El vendaje que aprisionaba mi pecho me dolió con fuerza ante el movimiento, recordándome la farsa en la que vivía, pero la quemadura en mis labios era mucho más real que cualquier uniforme militar.
Alessandro abrió los ojos de golpe. Sus pupilas estaban completamente nubladas por el agotamiento extremo y por un deseo salvaje, un deseo que se negaba a admitir ante Dios, un deseo prohibido que le asustaba mil veces más que la propia muerte en un combate aéreo. Se quedó completamente paralizado frente a mí, incapaz de articular palabra o de moverse, como si estuviera hipnotizado por la intensidad de mi mirada oscura.
Acerqué mi rostro al suyo. Podía sentir el calor casi febril que emanaba de su piel, la humedad de su sudor mezclándose con el mío en la penumbra. Nuestros labios se encontraban a escasos milímetros de distancia. Vi perfectamente cómo su mirada gris bajaba de forma instintiva hacia mi boca partida, con una fijeza hambrienta y necesitada que me causó un estremecimiento profundo en la espina dorsal.
Entonces, arrastrada por la locura del momento, incliné la cabeza y mi labio inferior rozó levemente el suyo. Fue un contacto fugaz, imperceptible, una caricia de seda que duró apenas un milisegundo en el tiempo, pero que bastó para enviar una descarga eléctrica violenta, primitiva y devastadora a través de cada fibra de mi cuerpo. Sentí con claridad cómo él soltaba un gemido ahogado desde el pecho y cómo su mano derecha comenzaba a elevarse del suelo, temblando por el esfuerzo, como si fuera a sujetarme con firmeza por la nuca para profundizar el beso, para reclamar con violencia lo que su cuerpo exigía a gritos.
Fue precisamente ese contacto físico, ese roce húmedo de labios, el que me devolvió la cordura de golpe, como un balde de agua helada. En una milésima de segundo, me di cuenta del peligro mortal y real en el que nos estábamos metiendo en mitad del gimnasio de la academia. Si lo besaba ahora con la pasión de la otra noche, si él me tocaba con esa desesperación y deslizaba sus manos de hierro por mi torso agobiado por el entrenamiento... descubriría de inmediato el truco de las vendas de lino. Descubriría la verdad de que soy una mujer. La corte marcial, el confinamiento en un manicomio del Estado, la vergüenza eterna para mi familia... todo el peso de la ley caería sin piedad sobre nosotros. Y Bianca... la esposa que no amaba pero que cuidaba ferozmente su estatus social y el apellido Rossi... ella no dudaría un segundo en destruirnos públicamente si llegaba a sospechar lo más mínimo.
Con un esfuerzo supremo de fuerza de voluntad que me costó mucho más que todo el brutal entrenamiento físico de la noche, me eché hacia atrás de golpe. Rompí el contacto de nuestras bocas.
Alessandro me miró con los ojos abiertos de par en par, jadeando con violencia, completamente desorientado por la brusquedad de mi rechazo. Vi cómo la decepción amarga y una furia renovada volvían a encenderse en su mirada gris; la furia impotente de saber que yo tenía el control absoluto de la situación, que yo había provocado el deseo prohibido en sus venas y que ahora se lo estaba negando en la cara.
Me puse de pie con dificultad, tambaleándome un poco debido al cansancio acumulado, haciendo resonar con fuerza mis botas contra el suelo de cemento del gimnasio. Me ajusté la chaqueta del uniforme militar con movimientos rápidos, cubriendo mi secreto de la vista una vez más bajo la tela rígida.
—El entrenamiento nocturno terminó por hoy, Capitán —dije, y mi voz recuperó con éxito la frialdad áspera y distante de Francesco Vitali, aunque mi corazón seguía latiendo desbocado contra mis costillas—. He ganado la apuesta que hicimos. No me voy a ninguna parte mañana por la mañana. Nos vemos a primera hora en la pista de aterrizaje, señor.
Alessandro Rossi se quedó sentado inmóvil en el suelo, sumergido en la penumbra del gimnasio abandonado, rodeado por el persistente olor a sudor, hierro y polvo, mirando fijamente hacia el espacio vacío donde yo acababa de estar arrodillada. Estaba completamente exhausto, temblando por el sobreesfuerzo y vaciado físicamente, pero con la mente plagada por una verdad demoledora que ya no podría negar ante su propia conciencia: una verdad que en la Italia de 1952 constituía un pecado de deshonor militar y que, juró en silencio con una furia impotente y ponzoñosa, el recluta Vitali pagaría con creces en la pista si volvía a tener la osadía de tentarlo de esa manera.







