La gran sala de reuniones del bastión de Obsidian olía a pino quemado, cera de abejas y al frío penetrante de la montaña que se colaba por los ventanales de piedra.
En el centro de la estancia, una enorme mesa de roble macizo dividía dos mundos. A un lado, el Rey Darek y dos de sus capitanes más experimentados permanecían de pie, con las manos apoyadas en las empuñaduras de sus espadas. Al otro lado, Kaelia se mantenía erguida con absoluta serenidad, flanqueada por Erik y dos veteranos renegado