Al abrir la puerta de su casa, Victoria Moreno no esperaba encontrarse con aquella escena. Sobre la mesa del comedor, una cena perfecta a la luz de las velas aguardaba en absoluto orden. La calidez del fuego titilante contrastaba con el vacío del ambiente, sorprendiéndola por completo. Hoy era su cumpleaños, un día que creía que pasaría en el más doloroso anonimato. Antes de que pudiera asimilarlo, una presencia dominante llenó el espacio. Era Alejandro Del Castillo. A sus treinta y dos años, Alejandro era la definición viva del poder y la arrogancia. De estatura imponente, hombros anchos y una mandíbula tajante que parecía esculpida en piedra, poseía una belleza fría y peligrosa. Sus ojos oscuros, habitualmente severos e impenetrables, tenían la capacidad de intimidar a cualquiera con solo una mirada. Era un hombre pragmático, calculador y de pocas palabras, acostumbrado a que el mundo se doblegara ante su voluntad sin objetar. Victoria, en cambio, poseía una belleza serena per
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