En el estudio de la mansión, el ambiente continuaba sofocante. Andrea no desaprovechó el segundo de debilidad de Alejandro. Pegó su cuerpo al de él, rodeándole el cuello con los brazos mientras intensificaba el beso, manipulando cada uno de sus movimientos con una sutileza calculada. Cuando finalmente se separaron apenas unos centímetros, Andrea le acarició el pecho con la punta de los dedos, mirándolo a los ojos con esa falsa devoción que siempre le había servido. —Lo sientes, ¿verdad, Alex? —le susurró con voz suave, rozando sus labios con los de él—. La chispa sigue aquí. Lo que tuvimos jamás murió, solo estuvo pausado. Victoria fue una equivocación, un impulso... pero yo soy la mujer de tu vida. Déjame curarte, déjame hacerte olvidar todo este desastre. Aún me amas, Alejandro. Sabes que me amas. Alejandro cerró los ojos por un segundo, sintiendo el calor de Andrea y el perfume dulzón que trataba de opacar la imagen de su esposa. Se sentía mareado, atrapado entre su orgullo herid
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