Alejandro estaba allí, pero no estaba solo. Una mujer se refugiaba con delicadeza en sus brazos, buscando consuelo, y Alejandro la sostenía rodeándola con una ternura y una protección jamás vistas en él, inclinando su rostro con una devoción que a Victoria nunca le había concedido.
Victoria se quedó paralizada en mitad del pasillo, sintiendo cómo el mundo se desmoronaba a su alrededor. La luz fluorescente del hospital iluminó la escena con cruel claridad: el color del cabello de aquella mujer que se aferraba con tanta intimidad al pecho de su esposo no era, bajo ninguna circunstancia, el de la hermana de Alejandro.
Victoria dio un paso al frente, sintiendo que el suelo se tambaleaba bajo sus pies. A medida que se acercaba, la luz del pasillo iluminó por completo el rostro de la mujer que se aferraba a Alejandro.
Un frío glacial le recorrió la espalda al reconocerla. Era Andrea, la ex prometida de Alejandro. La mujer que él realmente había amado y por la que tanto había sufrido en el pasado.
Al notar la presencia de Victoria, Andrea se enderezó lentamente. Con un gesto delicado y una mirada cargada de aparente inocencia, fue la primera en romper el silencio.
—¿Quién eres tú? —preguntó Andrea, entornando los ojos con curiosidad.
Victoria contuvo el aliento, esperando que Alejandro diera un paso al frente y la presentara como su esposa. Sin embargo, la respuesta de él fue un golpe directo al corazón.
—Victoria —dijo Alejandro con voz seca y desapasionada.
Solo su nombre. Ni una mención a su matrimonio, ni un rastro de afecto. Nada.
Andrea esbozó una sonrisa suave, como si hubiera ganado una pequeña batalla silenciosa, y dio un paso hacia ella extendiendo la mano.
—Mucho gusto, Victoria. Yo soy Andrea, la exnovia de Alejandro.
Victoria miró fijamente a su esposo, buscando en sus ojos alguna señal, algún destello de incomodidad o la decencia de corregirla. Pero el rostro de Alejandro era una máscara de piedra. Su expresión no cambió lo más mínimo, manteniéndose completamente indiferente ante la humillación que su esposa estaba sufriendo en silencio.
Antes de que Victoria pudiera articular palabra, la puerta de la habitación se abrió de par en par. La hermana de Alejandro entró a paso apresurado. Al ver a Victoria, su expresión se transformó de inmediato en una mueca de fastidio y desdén.
—Qué bueno que estás aquí, Victoria —soltó la hermana con tono despectivo, tendiéndole un fajo de papeles sin la menor cortesía—. Ve a pagar estas cuentas del hospital y encárgate de estos recados ahora mismo.
Victoria apretó los puños, tragándose el orgullo. Pero la humillación no terminó ahí.
La hermana de Alejandro se giró hacia Andrea y, delante del propio Alejandro, le tomó las manos con un afecto exagerado.
—Menos mal que estabas ahí, Andrea. Eres tan valiente y bondadosa... arriesgaste tu propia vida para salvarme de esos delincuentes sin importar el peligro —dijo la hermana, lanzando una mirada venenosa hacia Victoria—. Solo espero que mi hermano esta vez sí sepa distinguir quién es la mujer que realmente vale la pena y no vuelva a cometer el error de perderte por segunda vez.