Mundo ficciónIniciar sesiónAl cruzar el umbral de la residencia, a Victoria la recibió un ambiente extrañamente tenso. No estaba el silencio sepulcral al que estaba acostumbrada cuando Alejandro trabajaba hasta tarde. En el centro de la sala, Alejandro caminaba a pasos lentos de un lado a otro, sosteniendo el teléfono contra su oreja. Hablaba con el médico de la familia en un tono sutilmente alterado, pero sumamente meticuloso, dando instrucciones precisas y haciendo preguntas minuciosas sobre el cambio de medicación para la recuperación de Andrea.
Victoria se quedó inmóvil en el recibidor, observándolo en silencio. Una punzada helada le atravesó el pecho al notar los matices en su voz. Durante los tres años que habían compartido bajo el mismo techo, jamás lo había visto preocuparse con tanto fervor por el bienestar de alguien. Cuando ella enfermaba o pasaba noches en blanco exhausta por el trabajo, Alejandro apenas le dedicaba un frío asentimiento de cabeza. La empatía, el cuidado y la devoción que él le negaba categóricamente a su propia esposa, los desbordaba ahora sin ninguna reserva hacia su ex prometida. Aquella certeza no le provocó rabia, sino un vacío desolador. Comprendió con crueldad que el problema nunca fue que Alejandro fuera un hombre incapaz de demostrar afecto; simplemente, ella jamás había sido la mujer dueña de su corazón. Alejandro colgó la llamada, dejó escapar un suspiro pesado y, al levantar la vista, se topó con la figura de Victoria. Guardó el teléfono en el bolsillo de su saco y acomodó su postura, adoptando de inmediato esa coraza de frialdad y superioridad que siempre usaba con ella. Pero antes de que él pudiera pronunciar una sola palabra para cuestionarla o reprocharle la hora, Victoria dio dos pasos al frente, sosteniéndole la mirada con una serenidad que jamás le había visto. —Quiero el divorcio, Alejandro —dijo con voz clara, pausada y firme, sin el más mínimo temblor. Las palabras flotaron en la sala como una sentencia. Alejandro entornó los ojos, visiblemente descolocado por la contundencia de su tono. —¿De qué estás hablando? —preguntó él, frunciendo el ceño con irritación. —Hablo de ponerle fin a esta farsa. Ya es hora —continuó Victoria, sintiendo cómo un peso enorme comenzaba a despegarse de sus hombros mientras sacaba a la luz lo que había guardado durante tanto tiempo—. No voy a seguir interpretando el papel de la esposa comprensiva mientras tú mantienes a tu amante en la casa contigua y la expones sin ningún pudor frente a todo el mundo. Mi paciencia se acabó. Alejandro endureció la mandíbula. La acusación directa lo tomó por sorpresa, pero su orgullo reaccionó de inmediato. Acortó la distancia entre los dos con pasos amenazantes hasta quedar a escasos centímetros de ella, intentando usar su imponente estatura para intimidarla. —Mide tus palabras, Victoria —sentenció él con una voz grave y helada, clavando sus ojos oscuros en los de ella—. Andrea no es mi amante, ni te toleraré que la llames así. Si está en la casa de al lado es porque casi pierde la vida por salvar a mi hermana. Le debo una deuda moral enorme y me encargaré de que reciba la mejor atención posible, te guste o no. Victoria sintió una punzada de amargura, pero no dio un solo paso atrás. Enfrentar su mirada ardiente era desgarrador, pero la determinación de no dejarse pisotear jamás la mantuvo erguida. —Tus deudas morales son tuyas, Alejandro, no mías —respondió ella, inclinando levemente la cabeza y dejando escapar una sonrisa amarga—. Y si para saldar tus deudas necesitas traer a tu viejo amor a nuestro terreno y humillarme frente a tu familia como lo hiciste anoche en el hospital, entonces no tenemos nada más de qué hablar. Firma el acuerdo y déjame libre. Alejandro apretó la mandíbula, sorprendido por esa faceta desafiante y desconocida de Victoria. —No voy a discutir esto contigo ahora —sentenció él, ajustándose el reloj de pulsera con severidad—. Esta noche es el cumpleaños de mi madre. Ni se te ocurra arruinar la cena con tus caprichos. Ambos iremos y seguirmos fingiendo que somos un matrimonio armonioso. No voy a permitir que la preocupes. Después de hoy, hablaremos. Sin esperar la respuesta de Victoria, Alejandro se giró con brusquedad y abandonó la casa a grandes zancadas. En cuanto la puerta principal se cerró, Victoria respiró hondo, tratando de calmar los latidos desbocados de su corazón. El temblor en sus manos no era de miedo, sino de una profunda liberación. Sacó su teléfono y marcó de inmediato a la abogada en quien más confiaba en la ciudad, pidiéndole que redactara un acuerdo de divorcio con carácter de extrema urgencia. —No quiero nada de sus bienes, ni pensión, ni propiedades —le aclaró a la abogada con absoluta seguridad—. Quiero salir de este matrimonio exactamente como entré. Para Victoria, conservar cualquier objeto o dinero proveniente de Alejandro solo le recordaría lo tontamente que había entregado sus mejores años a un hombre que solo le ofreció desprecio. Subió a la habitación principal, sacó una maleta grande y la colocó sobre la cama. Lo primero que guardó con extremo cuidado en el fondo fue la caja de madera con el juego de utensilios que le había regalado su hermano, junto con la carta del maestro pastelero. Luego añadió solo lo indispensable de su ropa y objetos personales. Sostuvo la tarjeta de invitación dorada entre sus dedos. Una chispa de verdadera pasión, apagada durante años, volvió a encenderse en su mirada. En realidad, Victoria jamás había abandonado la repostería. En los momentos en que no estaba ocupada atendiendo la apretada agenda de Alejandro o cumpliendo sus deberes en la empresa, siempre encontraba el tiempo a escondidas para seguir practicando, creando y perfeccionando sus técnicas. Su amor por el arte culinario seguía vivo dentro de ella. Entró al enlace del evento desde su teléfono y completó el formulario de inscripción para la competencia internacional. Era hora de recuperar la vida y los sueños que había dejado en pausa por un amor no correspondido. Una vez que cerró la maleta, miró la habitación una última vez. Su decisión estaba tomada: acompañaría a Alejandro a la cena de su suegra esa noche únicamente por el respeto y el cariño que le tenía a la señora Del Castillo, pero tan pronto como terminara el evento, se mudaría definitivamente y no volvería a pisar esa casa jamás. Mientras tanto, en la residencia contigua, Alejandro llegó a la propiedad donde Andrea lo esperaba. Al verlo entrar, Andrea esbozó una sonrisa dulce y se acercó a él, apoyándose suavemente en su pecho con delicadeza. —Sabía que vendrías —murmuró ella con tono meloso mientras caminaban hacia el sofá. Comenzaron a hablar de los viejos tiempos, recordando la etapa en que eran prometidos y proyectando un hermoso futuro juntos ahora que ella había regresado a su vida. Alejandro la escuchaba, sintiendo la pesada carga de la gratitud por haber arriesgado su vida por su hermana, aunque la imagen de la mirada fría de Victoria no dejaba de rondarle la cabeza. De pronto, Andrea hizo una pausa juguetona, pasando sus dedos con delicadeza por el brazo de Alejandro. —Por cierto, Alejandro... anoche vi a Victoria llegar —comentó con aparente ingenuidad—. Me llamó mucho la atención verla bajarse de un auto de lujo bellísimo. Y el hombre que manejaba... se veía muy cercano a ella, se despidieron con muchísimo afecto. Alejandro se tensó al instante. —¿Un auto de lujo? —preguntó, con la mirada oscureciéndose por la molestia. —Sí —continuó Andrea, observando con atención la reacción de él—. Pensé que era raro, pero luego me di cuenta de algo... Estaba tan segura de que tus sentimientos hacia mí nunca habían cambiado en todos estos años, que tal vez Victoria también ha estado haciendo su propia vida. Las palabras de Andrea se clavaron en la mente de Alejandro como una espina venenosa. Recordó la fría actitud de Victoria esa mañana, su exigencia repentina de divorcio y la firmeza desafiante con la que lo había encarado. Por primera vez en tres años, una duda punzante y una extraña opresión de celos y posesión comenzaron a apoderarse de él.






