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Al abrir la puerta de su casa, Victoria Moreno no esperaba encontrarse con aquella escena. Sobre la mesa del comedor, una cena perfecta a la luz de las velas aguardaba en absoluto orden. La calidez del fuego titilante contrastaba con el vacío del ambiente, sorprendiéndola por completo. Hoy era su cumpleaños, un día que creía que pasaría en el más doloroso anonimato.
Antes de que pudiera asimilarlo, una presencia dominante llenó el espacio. Era Alejandro Del Castillo. A sus treinta y dos años, Alejandro era la definición viva del poder y la arrogancia. De estatura imponente, hombros anchos y una mandíbula tajante que parecía esculpida en piedra, poseía una belleza fría y peligrosa. Sus ojos oscuros, habitualmente severos e impenetrables, tenían la capacidad de intimidar a cualquiera con solo una mirada. Era un hombre pragmático, calculador y de pocas palabras, acostumbrado a que el mundo se doblegara ante su voluntad sin objetar. Victoria, en cambio, poseía una belleza serena pero memorable, marcada por unos ojos expresivos que solían reflejar una tenacidad incansable. Era una mujer inteligente, observadora y con un espíritu apasionado que años atrás desbordaba creatividad, pero que se había visto amortiguado bajo la sombra del carácter inflexible de su esposo. Aunque su naturaleza era dulce y paciente, no carecía de orgullo; simplemente había elegido callar por un amor que, hasta esa noche, aún creía que valía la pena defender. Sin decir una sola palabra, Alejandro se acercó a ella. Su cercanía trajo consigo el familiar aroma a sándalo y elegancia fría que a Victoria siempre le helaba la sangre. Con una familiaridad exenta de afecto, la rodeó con un brazo firme, atrayéndola bruscamente contra su pecho. Sacó su teléfono, encuadró la cámara y se tomó una selfie con ella, asegurándose de que la romántica mesa preparada quedara perfectamente al fondo. Victoria sintió el calor momentáneo de su cuerpo, un roce amargo que duró apenas un instante. Tan pronto como la pantalla parpadeó registrando la imagen, Alejandro la soltó con absoluta indiferencia, como si hubiera tocado un objeto inerte, y se dispuso a marcharse en dirección a las escaleras. —¿Qué significa todo esto? —preguntó Victoria, manteniendo la firmeza en la voz a pesar de la confusión y la humillación que amenazaban con quiebrarla. Alejandro se detuvo en seco. Se giró lentamente, ajustándose los puños de la camisa con una parsimonia exasperante. Al mirarla, sus ojos se entrecerraron con una mueca cargada de desdén. Pensó que ella estaba fingiendo demencia, interpretando el papel de la esposa ingenua ante su mirada crítica. —Deja de hacer que mi madre me presione para que pase tiempo contigo —soltó él, con una voz grave y gélida que resonó en las paredes de la sala—. Actuar de esa manera es despreciable, Victoria. Estás manipulando a una persona mayor para conseguir un poco de atención. A Victoria se le oprimió el pecho. Sostuvo la mirada de Alejandro sin acobardarse, aunque por dentro la calumnia le quemara las entrañas. —Yo no he hecho nada de eso... —aseguró con voz clara y contenida, defendiendo su dignidad—. No necesito utilizar a tu madre para nada. Alejandro soltó una risa amarga, un sonido seco que carecía por completo de alegría, y negó con la cabeza. Sin darle el beneficio de la duda ni mostrar el más mínimo interés en escucharla, le dio la espalda y subió las escaleras hacia el segundo piso, dejándola sola en la inmensidad de la sala. Victoria miró la cena, sintiendo que la impotencia y las lágrimas amenazaban con brotar. Para él, ella siempre sería una mujer calculadora y tramposa. Recordó cómo había empezado todo. Tres años atrás, ella había trabajado como su secretaria durante seis meses. Lo amaba en secreto, un amor devoto y silencioso que guardaba en lo más profundo de su ser porque sabía que Alejandro ya tenía a otra mujer en su corazón. Por eso, con profesionalismo y madurez, siempre mantuvo una distancia estricta. Sin embargo, el destino les jugó una mala pasada. Durante una celebración de la empresa, un lamentable malentendido terminó con ambos compartiendo la misma cama. Al despertar, Alejandro no dudó en culparla de todo, acusándola con frialdad de haber trazado una trampa para atraparlo. Victoria, abrumada pero con la frente en alto, decidió cortar el problema de raíz para conservar su integridad. Pero cuando entró en su estudio para presentarle su renuncia, Alejandro, firme y severo, sacó un acuerdo matrimonial y lo puso sobre el escritorio. "Asumiré mi responsabilidad", le había dicho con voz monótona, sin mirarla a los ojos. Victoria, movida por la ilusión de que el tiempo revelaría su verdadera esencia, firmó el papel creyendo que su entrega diaria y su sinceridad terminarían por hacerle comprender que no era esa clase de mujer. Qué equivocada estaba. A la mañana siguiente, Victoria intentó refugiarse en el trabajo para enfocar su energía y olvidar el trago amargo de la noche anterior. La secretaria le entregó la documentación del proceso para la firma del contrato con su socio comercial más importante. Como siempre, con la minuciosidad y eficiencia que la caracterizaban, Victoria revisó minuciosamente cada cláusula antes de dirigirse al estudio de Alejandro para confirmar los últimos detalles. Al acercarse a la puerta, escuchó la voz de Alejandro. Hablaba por teléfono, pero lo que la detuvo no fueron sus palabras, sino su tono: sonaba ansioso, alterado, una quiebra en su habitual máscara de acero que jamás mostraba en el ámbito profesional. Preocupada, Victoria abrió la puerta y entró. En ese mismo instante, Alejandro colgaba el teléfono y se disponía a salir apresuradamente, casi llevándosela por delante. —¡Alejandro, espera! —lo llamó ella, poniéndose en su camino e intentando detener su paso acelerado—. ¿Qué pasa? ¿Es por el proyecto? Para Victoria, un hombre tan analítico y sobrio como Alejandro solo perdería la compostura por una crisis empresarial de gran escala. Sin embargo, él ni siquiera se molestó en fijar la vista en ella. La esquivó con frialdad, dejándola hablando sola mientras abandonaba la casa a zancadas. El presentimiento de que algo andaba mal no dejó en paz a Victoria en todo el día, extendiéndose hasta la madrugada. Estaba a punto de acostarse cuando el eco del cerrojo de la entrada principal la sobresaltó. Corrió escaleras abajo con el corazón en un puño, esperando ver a Alejandro, pero en su lugar encontró al secretario de su esposo, quien lucía visiblemente tenso y descolocado. —¿Qué ocurre? ¿Dónde está Alejandro? —preguntó Victoria, con la agudeza e intuición encendidas. —Señora Del Castillo... el jefe necesita urgentemente unos documentos de su estudio. Va a trabajar desde el hospital —explicó el secretario, evitando mirarla directamente a los ojos. —¿El hospital? ¿Por qué? ¿Qué le pasó? El secretario titubeó, visiblemente incómodo bajo la mirada directa y firme de Victoria. —La hermana del señor Alejandro sufrió un accidente y resultó herida... —El hombre guardó silencio, dudando si debía mencionar el detalle más crucial: que Alejandro no estaba solo en el hospital, sino acompañado por otra mujer. Victoria no esperó a que el secretario terminara de balbucear. La determinación se apoderó de ella. Sin pensarlo dos veces, subió corriendo a buscar las llaves y el coche. Tenía que estar al lado de su esposo en ese momento tan difícil. Cuando Victoria llegó al hospital, recorrió los pasillos a paso veloz. Al girar en la sala de urgencias, divisó la imponente silueta de Alejandro a lo lejos. Sintió un breve aliento de alivio que se extinguió de golpe.






