Al cruzar el umbral de la sala, Victoria se detuvo en seco. Frente a ella estaba su hermano. Sin dar crédito a sus ojos, corrió hacia él y se refugiaron en un fuerte abrazo.
—¿Cómo has estado últimamente, Victoria? —le preguntó él con ternura, apartándole el cabello con delicadeza.
Victoria sintió un nudo en la garganta y, conteniendo con todas sus fuerzas las lágrimas que amenazaban con delatarla, forzó una sonrisa perfecta.
—Estoy muy bien, de verdad. No podrías haber llegado en mejor momento.
No quería preocuparlo. Su hermano siempre la había protegido y no merecía cargar con sus penas.
—Tengo algo para ti —dijo él, sacando con cuidado una caja de madera pulida y un sobre elegante—. Sé que tu cumpleaños fue ayer, pero no podía dejar de darte esto.
Victoria abrió la caja y ahogó un suspiro. Dentro había un juego exclusivo de utensilios de repostería, firmado minuciosamente por el maestro pastelero más afamado del mundo, el mentor que ella más admiraba. Junto a las herramientas, el sobre contenía una carta escrita a mano por el propio maestro, deseándole un feliz cumpleaños.
Sabiendo lo inalcanzable que era aquel hombre, Victoria comprendió de inmediato el enorme esfuerzo que su hermano había hecho para conseguirlo. Por primera vez en mucho tiempo, una calidez real le envolvió el pecho.
—El maestro me habló mucho de ti —añadió su hermano con orgullo—. Dijo que aún recordaba tu participación en aquel concurso hace años y que había quedado deslumbrado por tu talento. Lamento mucho no haber vuelto a saber de ti. Pero me dio esto para ti...
Su hermano le extendió una tarjeta de invitación dorada.
—Organizará una competencia internacional aquí mismo en la ciudad. Dijo que sueña con volver a verte competir.
Victoria sostuvo la invitación con dedos temblorosos. La memoria la trasladó de golpe al pasado. Fue precisamente en aquel concurso de repostería donde vio a Alejandro por primera vez; él era uno de los organizadores principales. Un solo vistazo bastó para que se enamorara perdidamente de él. Tras investigar y descubrir que él dirigiría sus empresas en el país, Victoria tomó una decisión radical: renunció a los concursos, ocultó su apellido tras una identidad discreta y solicitó empleo como su secretaria. Abandonó su verdadera pasión, el arte de la repostería, con tal de estar a su lado, acompañándolo durante tres años en interminables jornadas de negocios.
—Esta misma noche debo tomar otro vuelo —comentó su hermano, sacándola de sus pensamientos—. Solo hice una escala rápida para verte.
Tras compartir una cena cálida y llena de nostalgia entre los tres, su hermano la llevó de regreso a casa en auto. Sin embargo, al acercarse a la propiedad de los Del Castillo, Victoria notó algo extraño a la distancia: el coche del secretario de Alejandro entraba y salía constantemente del terreno contiguo, transportando cajas y objetos personales.
Sintiendo una punzada de sospecha, Victoria le pidió a su hermano que la dejara a un par de cuadras.
—Es la casa de una amiga, voy a pasar a saludarla —mintió con suavidad, despidiéndose de él con un beso antes de bajar del vehículo.
A paso firme, se encaminó hacia la propiedad vecina. La puerta principal estaba entreabierta. Al cruzar el recibidor, el corazón se le congeló: allí estaba Andrea, la ex prometida de Alejandro.
Al verla, Andrea esbozó una sonrisa dulce y sumisa, e hizo un gesto invitándola a pasar a la residencia, el lugar exacto donde años atrás ella y Alejandro habían vivido juntos.
—Victoria, qué bueno que estás aquí —dijo Andrea con voz pausada y envolvente—. De verdad quería agradecerte. Muchas gracias por haber cuidado de Alejandro durante todos estos años que estuve ausente... Sé que pasaron por cosas difíciles, pero cuando arriesgué mi vida para salvar a su hermana en aquel accidente, Alejandro volvió a buscarme. Me di cuenta de cuánto me extrañaba y yo ya lo he perdonado. Decidimos darnos una nueva oportunidad.
Victoria sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. La revelación cayó sobre ella como un martillazo: Andrea no solo había regresado, sino que se había convertido en la heroína indiscutible de la familia al salvar a la hermana de Alejandro, sellando así el destino de todos.
Al levantar la mirada, Victoria descubrió que las paredes de la estancia estaban tapizadas de fotografías recientes y pasadas: imágenes íntimas, abrazos cálidos y miradas de devoción entre Alejandro y Andrea. El dolor fue tan desgarrador que apretó los puños hasta clavarse las uñas en las palmas.
Andrea dio un paso hacia ella, pretendiendo tomarle las manos con una falsa empatía.
—Entiéndeme, Victoria, él y yo siempre estuvimos destinados a...
—¡No me toques! —la interrumpió Victoria, apartándole la mano de un manotazo seco—. No quiero escuchar ni una sola palabra sobre lo que pasó entre ustedes ni sobre cómo la salvaste. Guárdate tus explicaciones.
Sin esperar respuesta, dio media vuelta y salió de la propiedad a zancadas, dejando atrás aquella casa cargada de fantasmas.
Caminó de regreso a su hogar con la mente extrañamente despejada. El autoengaño se había terminado. La chica que había renunciado a sus sueños por amor ya no existía.
Al entrar a la residencia, vio a Alejandro de pie en la sala, esperándola con su habitual porte frío e inalcanzable. Victoria lo miró fijamente a los ojos, sintiendo cómo el último hilo de afecto se rompía para siempre dentro de su corazón.
—Alejandro —habló ella, con una calma que a él le pareció desconocida. Quiero el divorcio.