Al terminar el día, Elena sentía la cara entumecida de tanto sonreír.A medida que el cielo se oscurecía y después de despedir al último grupo de invitados, por fin pudo soltar un leve suspiro de alivio. Quizá por haber pasado parte de la tarde junto al lago, sentía la nariz un poco congestionada.—Señora, el patrón quiere verla.Elena, extrañada, miró a Adrián, que estaba a su lado y parecía tan desconcertado como ella. De inmediato le preguntó al mayordomo:—¿Sabes para qué?El mayordomo negó con la cabeza.—Lo sabrá cuando entre.En la sala, Hugo permanecía sentado en su silla de ruedas, con una manta ligera sobre las piernas. Al ver entrar a Elena, le hizo una seña para que se acercara.—Hoy, durante el brindis, noté que no llevabas nada en la muñeca. Toma, esto es para ti.Dicho esto, sacó un estuche dorado.Elena se inclinó para recibirlo. Hugo hizo un leve gesto con la barbilla y ella comprendió la señal.Abrió el estuche.En el interior descansaba un brazalete de esmeralda con
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