Al terminar el día, Elena sentía la cara entumecida de tanto sonreír.
A medida que el cielo se oscurecía y después de despedir al último grupo de invitados, por fin pudo soltar un leve suspiro de alivio. Quizá por haber pasado parte de la tarde junto al lago, sentía la nariz un poco congestionada.
—Señora, el patrón quiere verla.
Elena, extrañada, miró a Adrián, que estaba a su lado y parecía tan desconcertado como ella. De inmediato le preguntó al mayordomo:
—¿Sabes para qué?
El mayordomo negó