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Capitulo 3 - El abismo del deber

El cementerio de la ciudad parecía haber sido engullido por el clima ese día. No era un lugar de paz, sino un páramo desolado cubierto por un manto de niebla densa y húmeda que se pegaba a la piel y calaba hasta los huesos. El aire olía a tierra mojada, a piedra antigua y a una tristeza estancada que parecía emanar de las mismas criptas. El funeral de Bianca de la Vega fue, por diseño y por tragedia, un evento sombrío, desprovisto por completo de la ostentación y el lujo que solía caracterizar cualquier aparición pública de la familia. No había coronas de flores excesivas ni discursos grandilocuentes; solo un silencio pesado e incómodo que ni siquiera el graznido lejano de los cuervos lograba romper.

Debido a las circunstancias precipitadas y oscuras de su muerte, la lista de asistentes se había reducido drásticamente. Solo estaban presentes los parientes más cercanos, aquellos que compartían el apellido pero no necesariamente el dolor, y un puñado de socios comerciales que acudieron más por un frío compromiso social y la necesidad de verificar el estado de la empresa tras la pérdida, que por un verdadero pésame. Se movían como sombras entre la bruma, cuchicheando a espaldas de la familia afligida.

Alessia estaba de pie cerca de la fosa abierta, una figura solitaria que parecía a punto de ser quebrada por el viento racheado. Vestía de riguroso luto, cubriéndose con un vestido negro de lana, de corte sencillo y sin adornos, que acentuaba su palidez mortal y la hacía lucir dolorosamente delgada. Ya no quedaba rastro, ni en su postura ni en su expresión, de la joven risueña, caprichosa e inmadura de la semana anterior. Esa chica había desaparecido, consumida por la culpa y el shock. Sus ojos castaños, antes llenos de una chispa vibrante y desafiante, ahora estaban apagados, fijos en la madera del ataúd, y rodeados de sombras oscuras y profundas, testimonio de noches enteras sin dormir, llorando en silencio en una casa demasiado grande y vacía. El frío del cementerio no era nada comparado con el iceberg que se había instalado en su pecho.

Mientras el ataúd descendía lenta y rítmicamente hacia la tierra húmeda, arrastrado por poleas que chirriaban protestando por el peso, Alessia sintió un cambio repentino en la atmósfera. Una oleada de frío glacial pareció atravesar su abrigo, instalándose justo a su lado. No necesitó girarse para saber quién había llegado; su cuerpo reaccionó antes que su mente. El aroma a sándalo costoso y lluvia fresca, combinado con una intensa aura de autoridad indiscutible y distancia emocional, delataban al hombre que se había detenido justo a la derecha de su padre, Arthur.

Dante Thorne.

Dante estaba allí, de pie como un monolito negro contra el paisaje gris. Vestía un abrigo largo de cachemira negro, impecablemente cortado, con las manos metidas profundamente en los bolsillos. Su rostro no era el de un doliente, sino una máscara impenetrable de marfil tallado; no había en él ni rastro de dolor por la pérdida de la mujer que iba a ser su esposa, ni de compasión por los que quedaban, ni de ninguna emoción humana reconocible en sus facciones perfectamente esculpidas y afiladas. Miraba la fosa que tragaba el ataúd de Bianca con la misma frialdad clínica y desapegada con la que analizaría un balance financiero que no cuadraba, una simple transacción fallida en el gran esquema de sus planes. Su presencia era opresiva, robando el poco oxígeno que quedaba en el lugar.

Al terminar la ceremonia, que fue dolorosamente breve, los pocos asistentes comenzaron a retirarse rápidamente, ansiosos por escapar de la niebla y de la presencia intimidante de Thorne. Arthur de la Vega, un hombre que parecía haber envejecido diez años en tres días y que apenas podía mantenerse en pie, sostenido por su esposa Victoria, quien sollozaba en silencio detrás de un velo negro, hizo un esfuerzo supremo por mantener la compostura. Con paso vacilante, se acercó a Dante.

—Dante... gracias por venir —dijo Arthur con voz apagada, un hilo ronco que apenas se escuchaba sobre el viento. Era el sonido de un hombre derrotado pidiendo clemencia.

—Era lo correcto, Arthur —respondió Dante, su tono tan gélido e impersonal como la niebla que los rodeaba, desprovisto de cualquier calidez humana—. Mis condolencias para tu familia. Es una pérdida lamentable.

Alessia, que había estado observando la escena con una rabia creciente hirviéndole en la sangre, apretó los puños con tanta fuerza bajo las mangas de su abrigo que sus uñas se clavaron en sus palmas. La frialdad absoluta de aquel hombre, su indiferencia robótica frente a la tragedia devastadora de su hermana, la mujer que se suponía que iba a compartir su vida, le resultaba repugnante y monstruosa. ¿Cómo podía ser tan insensible? ¿Cómo podía estar allí, de pie, soltando platitudes vacías mientras Bianca estaba bajo tierra?

—Lamentable... —murmuró Alessia, dando un paso al frente para encararlo, ignorando el protocolo y el miedo. Su voz, aunque temblorosa por el dolor y la contención, destilaba un veneno puro y visceral—. ¿Eso es todo lo que tienes que decir, "lamentable"? Ella se dirigía a verte a ti, Dante. ¡Ella estaba en esa carretera por ti! Si no fuera por tus malditos papeles, tus exigencias absurdas y tu urgencia absurda de tenerlo todo firmado YA, ¡ella estaría viva! ¡Tú la mataste!

—¡Alessia, cállate por favor! —la reprendió su padre con pánico genuino en la voz, tirando violentamente de su brazo para detenerla. Miró a Dante con ojos suplicantes—. No hables así, por favor... Ella no sabe lo que dice, está fuera de sí por el dolor.

Dante no se inmutó por la acusación. Lentamente, desvió sus ojos grises, fríos como el acero, hacia Alessia. Fue la primera vez en toda la jornada que la miró directamente a los ojos, y la intensidad depredadora de su mirada hizo que la joven diera un paso atrás de forma instintiva, con el corazón martilleándole en la garganta. No era una mirada de enojo o indignación; era algo mucho peor, algo inhumano. Era la mirada calculadora de un depredador que acababa de encontrar una nueva presa, inesperada pero interesante, en medio de su territorio de caza. Una presa que, a diferencia de Bianca, mostraba dientes.

—La lluvia causó el accidente, señorita de la Vega, no mi contrato —respondió Dante con una calma exasperante y condescendiente, sin elevar la voz pero haciéndola resonar con autoridad—. Su hermana conocía los términos y las responsabilidades. Le sugiero que guarde su histeria para un momento más privado, donde no avergüence más a su padre.

Antes de que Alessia pudiera replicar, con la furia a punto de desbordarse, Dante le dio la espalda, ignorándola por completo como si fuera una molestia menor, y se giró hacia Arthur.

—Arthur, lo lamento por tu pérdida, pero los negocios son los negocios —continuó Dante, su voz volviendo a ser el tono monótono del poder corporativo—. Tu deuda con mi familia sigue en pie, y el plazo para la firma de los documentos vence en tres días, tal como acordamos. Con Bianca fuera del mapa, el acuerdo original de fusión que iba a salvarte ha quedado anulado. Sabes perfectamente lo que eso significa para tu empresa, para tu apellido y para tu libertad personal. No habrá extensiones.

Arthur palideció aún más, si eso era posible, tambaleándose como si hubiera recibido un golpe físico directo en el estómago. Se aferró a su esposa para no caer, desprovisto de todo rastro del orgullo que una vez lo definió.

—Dante, por favor... ten piedad —suplicó el hombre, con voz quebrada—. Acaba de morir mi hija. Danos tiempo para llorarla, por favor...

—Los negocios no conocen de lutos, Arthur. El mercado no se detiene porque tú sufras —replicó Dante, implacable—. O encuentras una forma de cumplir con el pacto original en setenta y dos horas, o la próxima semana el apellido de la Vega será sinónimo de ruina, quiebra y fraude en todos los periódicos del país. Tú decides qué legado le dejas a tu familia.

Dante dio media vuelta y caminó con paso firme hacia su limusina negra, que lo esperaba con el motor en marcha a la salida del cementerio.

Alessia observó la silueta de Dante alejarse, y luego miró a su padre, quien lloraba en silencio, completamente derrotado. En ese momento, las palabras que había escuchado en el pasillo días atrás cobraron un sentido aterrador. Su familia estaba al borde del abismo, y la muerte de su hermana no había hecho más que acelerar la caída.

La niña mimada que solo se preocupaba por la ropa y las fiestas acababa de morir junto a Bianca. Mirando la tumba de su hermana y el rostro desesperado de sus padres, Alessia comprendió que el peso del apellido ahora recaía sobre sus hombros. Y que, para salvarlos, tendría que enfrentarse directamente al monstruo de hielo que acababa de declararles la guerra.

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