Capitulo 2

El ambiente en la casa de Beca no podía ser más distinto al aire sofocante de la universidad. Mientras las sombras de la tarde caían sobre la ciudad, la pequeña vivienda de dos pisos olía a guiso casero, ajo tostado y café recién colado.

En la cocina, la madre de Beca picaba cilantro mientras tarareaba una vieja canción romántica que sonaba suavemente en la radio sobre la repisa. Su padre acomodaba en la mesa de madera pulida cuatro platos hondos. De pronto, al escuchar el estribillo de la canción, el padre dejó los cubiertos a un lado, se acercó a la cocina con paso sigiloso y, tomando a su esposa suavemente de la cintura, la hizo dar una vuelta improvisada en medio del reducido espacio entre el fogón y la nevera.

—¡Ay, viejo! ¡Que voy a tirar el cilantro! —se quejó ella entre risas, aunque soltó el cuchillo de inmediato para apoyarse en los hombros de su esposo.

—Para bailar nuestro vals no hay horario ni lugar, mi vida —respondió él, guiñándole un ojo mientras la hacía girar de nuevo con una torpeza entrañable—. Además, todavía me debes el segundo plato del restaurante del otro día. ¿O ya se te olvidó cómo saliste huyendo de la mesa porque según tú el mesero nos estaba mirando raro por pedir dos tenedores para el mismo postre?

—¡Es que era un postre carísimo y minúsculo! —se defendió ella, soltando una carcajada sonora que contagió a su marido—. Un suspiro de chocolate que se comía de un bocado... Les dije que en esta casa con eso ni empezamos. Pero mira que la pasamos bien en nuestro aniversario, ¿eh? Hasta terminamos comiendo arepas en la esquina muertos de la risa.

—Porque mientras estemos juntos, la mesa siempre está llena, mi amor —dijo él, dándole un beso tierno en la frente antes de dejarla volver al guiso.

No había vajilla de porcelana fina ni cubiertos de plata pulida con blasón familiar en aquella casa, pero sobre esa mesa sobraba calor humano, historias compartidas y una paz que el dinero sencillamente no podía comprar.

Fue en ese preciso instante cuando la puerta principal se abrió y Beca entró, encontrándose con la escena de sus padres acomodándose la ropa entre risitas cómplices.

—Veo que la fiesta empezó temprano sin mí —dijo Beca con una sonrisa enorme, dejando su carpeta sobre la entrada.

—¿Cómo te fue hoy en la facultad, mija? —preguntó su padre, acomodándose los anteojos de lectura sobre la cabeza mientras servía agua en los vasos.

—Bien, papá —respondió Beca, acercándose para darle un beso a cada uno—. Cerramos la primera parte de la entrega del proyecto de economía. Beto y yo logramos ajustar las cifras. Aunque... hoy tuvimos una pequeña interrupción.

Beca se sentó a la mesa, ayudando a repartir el pan, y les contó sin darle mayor importancia el cruce de palabras con Vanessa en el jardín y la forma en que Beto se había reído de la respuesta.

El padre de Beca dejó la jarra de agua sobre la mesa con lentitud. La sonrisa juguetona que tenía minutos antes se transformó en una mueca de preocupación sincera. Intercambió una mirada rápida con su esposa antes de fijar los ojos en su hija.

—Mija... esa muchacha, Vanessa, no estaba simplemente siendo maleducada —dijo el padre con tono pausado, apoyando los antebrazos sobre la madera—. La gente que está acostumbrada a tenerlo todo por herencia no tolera que alguien que viene de abajo les demuestre dignidad. Para ellos, que no te achiques ante sus desdenes es una amenaza.

—Papá, fue solo un comentario desatinado. Yo supe ponerle un freno con cortesía —respondió Beca, sirviéndose un poco de sopa.

—Y te felicito por eso, Rebeca —intervino su madre, sentándose a su lado y tomándole la mano con ternura—. Pero tu papá tiene razón en preocuparse. Cuando a esa gente le tocas el orgullo, no responden de frente; lo hacen por los lados, manipulando y sembrando cizaña. Y si ese muchacho, Beto, se rió... ten por seguro que a esa muchacha no le cayó nada bien quedar en ridículo frente a él.

—Roberto parece un buen muchacho, no lo dudo —agregó el padre, frunciendo el ceño—. Pero viene de un mundo donde el qué dirán pesa más que la verdad. Ten cuidado, Beca. A veces la envidia viste ropa cara y se disfraza de amabilidad. No quiero que te metas en guerras de egos que no son tuyas.

—No se preocupen —aseguró Beca, dándoles una sonrisa tranquila a ambos—. Yo sé quién soy y de dónde vengo. Mi única prioridad en esa universidad es graduarme con honores y devolverles a ustedes un poquito de todo lo que me han dado. Beto es mi compañero de proyecto y nada más.

En esa casa, Beca había aprendido que el amor verdadero no se mide en estatus, sino en complicidad, lealtad y risas compartidas en la cocina. Era esa certeza la que la mantenía firme, inmune a los desdenes que a diario intentaban rozarla en los pasillos de la élite.

A varios kilómetros de allí, en la zona más exclusiva de la ciudad, el ambiente en la mansión de la familia de Beto era el polo opuesto.

Los techos altos, las arañas de cristal y los retratos al óleo de varias generaciones de empresarios imponían un silencio frío, casi reverencial. En el comedor principal, Doña Elena se ajustaba el collar de perlas frente al espejo del vestíbulo mientras terminaba de escuchar a Vanessa, quien sostenía una copa de vino cristalino con la elegancia de una actriz ensayada.

—Te lo digo en serio, Elena —decía Vanessa, poniendo el tono justo de preocupación y pesar filial—. Yo intenté ser amable con ella, integrarla... pero esa chica, Rebeca, tiene una altanería insoportable. Habla como si estuviera haciéndole un favor a Beto por estudiar con él. Y lo peor no es eso... lo peor es cómo Beto la mira. Permite que le hable con una confianza totalmente fuera de lugar.

Doña Elena no cambió la expresión de su rostro, pero sus ojos oscuros se entrecerraron con una frialdad calculadora.

—Beto siempre ha tenido una inclinación absurda por la caridad —respondió Elena con voz pausada, impecable y carente de toda calidez—. Cree que interactuar con esa clase de gente lo hace ver más accesible, más humano. Pero hay límites que un apellido como el nuestro no puede cruzar.

—Se rió de mí, Elena —añadió Vanessa, inclinándose un poco para acentuar el dramatismo—. Delante de ella, Beto se rió cuando esa muchacha insinuó que nuestro círculo social eran solo "frivolidades". Nos falta al respeto a todos nosotros, y Beto se lo celebra.

Un leve chasquido de los labios de Elena bastó para congelar la conversación. Justo en ese momento, los pasos de Beto resonaron en el suelo de mármol del recibidor. Venía quitándose la corbata, con el rostro cansado tras una larga jornada de clases y estudio.

—Buenas noches, madre. Vanessa, veo que llegaste temprano —saludó Beto, acercándose para besar la mejilla de su madre.

—Tuve la amabilidad de venir a esperarte para la gala, Roberto —dijo Elena, pronunciando su nombre completo con esa autoridad contenida que él conocía tan bien—. Y de paso, me enteré de tus particulares dinámicas de estudio en el campus.

Beto se detuvo, mirando de reojo a Vanessa, quien de inmediato bajó la mirada haciendo el papel de la víctima inocente.

—No hay ninguna dinámica particular, mamá. Estaba revisando un proyecto académico con Rebeca. Es la mejor de la clase y nuestro trabajo depende de esa precisión.

—«Rebeca» —repitió Elena, probando la palabra como si tuviera un sabor desagradable—. No me molesta que uses a tus compañeros talentosos para asegurar una buena calificación, Roberto. Lo que no voy a tolerar es que le des pie a una chica de origen dudoso a faltarle al respeto a Vanessa o a las costumbres con las que te criaste.

—Nadie le faltó al respeto a nadie —interrumpió Beto, endureciendo la mandíbula—. Vanessa hizo un comentario fuera de lugar sobre el origen de Beca y Beca simplemente respondió con educación. No exageren las cosas.

—Se llama Beca para sus amigos del barrio, Roberto, no para ti —sentenció Elena, levantándose de la silla con elegancia imperial—. No me importa cómo se llame ni qué tan brillante sea su promedio. Ella no pertenece a tu mundo, y cuanto antes lo entienda ella —y lo entiendas tú—, mejor nos irá a todos. Ahora ve a cambiarte. No vamos a llegar tarde a la fundación por ponernos a discutir sobre personas insignificantes.

Beto apretó los puños, sintiendo una punzada de rabia e impotencia. Miró a Vanessa, quien le dedicó una sonrisa dulce y falsa por encima del borde de su copa.

Sin decir una palabra más, dio media vuelta y subió las escaleras hacia su habitación. En su mente, la voz serena y digna de Beca resonaba con mucha más fuerza que los mandatos de su madre. Pero en el fondo de su pecho, la advertencia silenciosa de que las cosas se complicarían comenzaba a hacerse realidad.

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