Mundo ficciónIniciar sesiónLas semanas avanzaron trayendo consigo los exámenes parciales y, con ellos, una tregua silenciosa en los pasillos de la facultad. Sin embargo, la calma en el mundo de la élite es solo el preludio de la tormenta. Vanessa no había olvidado el desplante en el jardín, y mucho menos la risa de Beto, que todavía le escocía en el orgullo.
Aquella mañana de martes, Beca se encontraba frente a los casilleros de la biblioteca, organizando unos pesados tomos de derecho comercial. El pasillo estaba transitado por varios estudiantes de los últimos ciclos que revisaban las pizarras de calificaciones.
—Vaya, parece que la biblioteca se ha vuelto tu segunda casa —la voz de Vanessa resonó a su espalda, cargada de esa melaza venenosa que la caracterizaba—. Aunque supongo que es natural. Hay quienes tienen que vivir encerrados aquí para asegurar su futuro. Qué estresante debe ser tu vida, Rebeca.
Beca cerró la puerta del casillero con un golpe seco, pero sin perder la parsimonia. Se giró lentamente, cruzándose de brazos.
—¿Te pagan por preocuparte tanto por mi rendimiento, Vanessa, o lo haces por pasatiempo? —preguntó Beca con una ceja alzada—. Porque si es lo segundo, búscate un pasatiempo que no te haga perder tanto el tiempo.
Varios estudiantes que pasaban por el pasillo reprimieron una risita. Al verse expuesta y notar las miradas burlvas de sus propios conocidos, el rostro de Vanessa perdió por un segundo la máscara de porcelana. Dio un paso hacia adelante, acortando la distancia, y bajó la voz a un susurro sibilante.
—Cuida tu tono conmigo, muerta de hambre. Crees que porque Beto te ayuda con un par de tareas ya ganaste un lugar aquí. No eres más que un proyecto de caridad para él. En cuanto se aburra de jugar a la clase trabajadora contigo, vas a volver al lugar gris de donde saliste. No tienes el apellido, no tienes el estatus, ni el dinero para sostenerte en este pasillo sin que te miremos por encima del hombro. Así que bájale a tu altanería.
Beca no pestañeó. Sostuvo la mirada llena de odio de Vanessa con unos ojos oscuros que transmitían una calma aplastante. No se alteró, no levantó la voz. Al contrario, habló con una claridad que reverberó con fuerza en el pasillo.
—Puedes mirar todo lo que quieras por encima de tu hombro, Vanessa. El problema es que para mirar desde tan alto, primero tendrías que tener algo de altura moral, y de eso careces. El dinero de tu familia compra tu ropa y tus acciones en el club, pero no puede comprarte una pizca de la educación y la clase que intentas fingir. Das lástima.
El silencio que se formó en el pasillo fue sepulcral. Vanessa, completamente desarmada y temblando de rabia por haber perdido el control y quedar en evidencia ante el resto de los estudiantes, vio por el rabillo del ojo que Beto doblaba la esquina del pasillo buscando a Beca.
En una fracción de segundo, la villana recalculó su estrategia.
Los ojos de Vanessa se llenaron de lágrimas instantáneas con una facilidad casi teatral. Llevó una mano a su pecho, dio un paso atrás como si hubiera sido empujada físicamente y dejó escapar un sollozo ahogado justo cuando Beto llegaba a su lado.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó Beto, frunciendo el ceño al ver el corrillo de gente y a Vanessa visiblemente alterada.
—¡Beto! —exclamó Vanessa con un hilo de voz, buscando su brazo con desesperación—. Yo... yo solo vine a desearle suerte a Rebeca en el parcial de macroeconomía. Quise ser amable, de verdad... pero ella empezó a gritarme, a decirme que doy lástima y a insultar a mi familia delante de todos. No entiendo por qué me odia tanto si yo solo he intentado incluirla...
Beto miró a Vanessa y luego fijó la vista en Beca. La confusión y la incomodidad se reflejaron en su rostro. Aunque conocía el carácter firme de Beca, la puesta en escena de Vanessa, respaldada por sus lágrimas, tocó una fibra de protección caballeresca y culpa que Doña Elena le había sembrado desde niño: a una dama de su entorno no se le exponía de esa manera.
—Beca... ¿es verdad esto? No era necesario llegar a los insultos —dijo Beto con un tono de suave reproche, debilitado por la manipulación de la escena.
Beca miró a Beto. En sus ojos no hubo decepción, sino una fría evaluación. Vio cómo él caía limpiamente en la trampa del llanto fácil, y en ese instante sintió un destello de la advertencia que su padre le había hecho en la cena.
Antes de que Beca pudiera responder, Vanessa, ejecutando su obra maestra para quedar como la santa ante los ojos de Beto, dio un paso al frente limpiándose una lágrima ficticia.
—No, Beto, déjalo así —interrumpió Vanessa con voz mártir—. No quiero que peleen por mi culpa. Rebeca... te pido una disculpa si malinterpretaste mis palabras anteriores. De corazón, lo siento. Espero que podamos dejar esto atrás y llevar la fiesta en paz. Te ofrezco mi amistad sincera.
Vanessa extendió la mano hacia Beca, dedicándole a Beto una mirada de absoluta sumisión y nobleza. Beto suavizó el rostro, esperando que Beca tomara la mano y cerrara el conflicto.
—Beca, por favor, está intentando arreglarlo... —quiso mediar Beto, sintiéndose incómodo por la firmeza de su compañera y queriendo apaciguar las aguas.
Beca dio un paso atrás, ignorando la mano extendida de Vanessa como si fuera un objeto contaminado. Luego, giró el rostro hacia Beto. Sus ojos oscuros, usualmente cálidos, se volvieron dos témpanos de hielo que taladraron la mirada del muchacho.
—A ver, Roberto, un momento. Te me detienes ahí —lo cortó Beca con una voz firme, pausada y tan clara que resonó en todo el pasillo, haciendo que Beto retrocediera un milímetro por el impacto—. No te equivoques conmigo ni te metas en lo que no entiendes. Viendo este despliegue de drama barato, pareciera que Vanessa está peleando por su novio. Si ese es el caso, y si tantas inseguridades le causan que compartamos un espacio académico, dímelo de una vez.
Beto abrió la boca para protestar, completamente desencajado, pero Beca no le dio tregua.
—Porque si es así —continuó ella, cruzándose de brazos con una entereza arrolladora—, vamos ya mismo a la oficina del Decano a pedir que nos suspendan el proyecto y nos asignen compañeros diferentes. Y te lo digo muy en serio: no me importa si eso me cuesta la beca y tengo que pasarme las noches enteras trabajando para pagar la matrícula de mi bolsillo. Lo que no voy a permitir, bajo ninguna circunstancia, es que una niña consentida y sin oficio venga a intentar humillarme en mi propia cara para luego montar este show de lágrimas falsas frente a ti, esperando que salgas corriendo a defenderla como su caballero andante.
Vanessa se quedó pálida, con la mano aun flotando en el aire y la boca entreabierta. La verdad expuesta con tanta crudeza la dejó completamente expuesta.
Beto, por su parte, sintió un vuelco en el estómago. Las palabras de Beca le cayeron como un balde de agua fría, desmantelando instantáneamente el velo de manipulación con el que Vanessa lo había cegado segundos antes. Miró a Vanessa, notando por primera vez la falsedad en su llanto y lo absurdo de su postura, y luego volvió a mirar a Beca, sintiendo una mezcla profunda de vergüenza y una admiración que lo dejó sin aliento.
—Beca, yo no... —alcanzó a murmurar Beto, con la voz atrapada en la garganta.
—Ahórrate las explicaciones, Roberto —sentenció Beca, acomodándose la mochila al hombro—. No me interesa ganar ningún show, ni mucho menos formar parte de sus espectáculos para obtener aprobación. No acepto tus disculpas, Vanessa, porque sé perfectamente que no son reales, y no tengo el menor interés en tu amistad.
Dando un paso al frente, miró a Vanessa directamente a los ojos por última vez.
—Hazte un favor. Dedícate a tus eventos de caridad, a tus galas de beneficencia y a tus códigos de etiqueta. Quédate en tu mundo y a mí déjame en paz. Aquí venimos a estudiar, no a actuar en una telenovela. Con permiso.
Beca avanzó con la frente en alto, abriéndose paso entre los estudiantes que la miraban con absoluto asombro y un respeto reverencial. Pasó por el lado de Beto sin concederle una sola mirada más, dejándolo estupefacto y tragándose su propio orgullo en medio del pasillo, mientras sostenía a una Vanessa que ahora temblaba, pero de pura e impotente rabia, al ver que su estudiada actuación no solo había fracasado, sino que había terminado de hundirla frente al hombre que pretendía amarrar.







