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La puerta de cristal blindado de la joyería fina en el centro financiero se abrió con un leve chasquido electrónico. Rebeca cruzó el umbral caminando con un ritmo pausado pero elegante. Lucía un vestido maternal ajustado que resaltaba la hermosa curvatura de sus ocho meses de embarazo. A sus veintitantos años, no solo era una de las directoras financieras y ejecutoras de tecnología más respetadas de la industria, sino una mujer que había aprendido a mantenerse erguida incluso en medio de las peores tempestades.
Llevaba en la mano un estuche de terciopelo. Dentro guardaba un collar con una esmeralda tallada que Roberto le había regalado tiempo atrás. Su intención esa tarde era sencilla y llena de amor: quería pedirle al maestro joyero que partiera delicadamente la piedra para extraer una diminuta pieza y engastarla en la primera pulsera con el nombre grabado de su bebé.
Sin embargo, en cuanto dio un par de pasos hacia el mostrador principal, el aire se le atascó violentamente en la garganta. Su cuerpo entero se paralizó.
A menos de tres metros de ella, apoyado sobre la vitrina de los anillos de compromiso, estaba Roberto.
Hacía exactamente ocho meses que no lo veía. Ocho meses desde la noche en que la tierra se abrió bajo sus pies. Beto vestía un traje impecable, pero su rostro lucía más maduro y marcado por una sombra de rigidez. A su lado, luciendo un conjunto de diseñador y una sonrisa sofisticada, se encontraba Vanessa.
Al escuchar el sonido suave de las zapatillas de Rebeca, Beto giró la cabeza despreocupadamente. Pero en cuanto sus ojos impactaron contra la figura de Rebeca, el mundo pareció congelarse para él. Su mirada bajó de inmediato hacia ese vientre prominente, a punto de cumplir su ciclo, y la palidez le cubrió el rostro por completo.
—¿Estás... estás embarazada? —balbuceó Beto con un hilo de voz, incapaz de disimular la conmoción.
Antes de que Rebeca pudiera articular una sola palabra o que la tormenta de emociones la hiciera colapsar allí mismo, Vanessa tomó la delantera. Se acomodó el cabello hacia atrás y, con una calma calculada y una dulzura venenoza, intervino sin perder la compostura.
—Mi Beto, por favor, es más que evidente —dijo Vanessa, dibujando una sonrisa perfecta—. Con una relación tan apasionada como la que sostiene con el dueño de FV's Industries, es completamente normal que esté embarazada. —Vanessa giró hacia Beca, escaneándola con una falsa amabilidad que quemaba—. Rebeca, qué hermosa te ves. Esa barriga te sienta muy bien. ¿Es niño o niña?
El pecho de Rebeca subía y bajaba con agitación. El veneno de Vanessa trajo de golpe el recuerdo de la peor humillación de su vida: el día en que la portada del periódico de prensa rosa y negocios más importante del país publicó en primera plana una secuencia de fotografías fuera de contexto, acusándola de mantener una 'relación clandestina' con el CEO Armando Díaz mientras estaba oficialmente comprometida con el heredero del imperio Landaeta. Un escándalo orquestado que la convirtió en el blanco de las miradas en toda la ciudad y que destruyó su vida en cuestión de horas.
Tragando la rabia y conteniendo las lágrimas que amenazaban con traicionarla, Beca erguó la barbilla. Miró a Beto directamente a los ojos —esos mismos ojos en los que alguna vez encontró su hogar— y respondió con una voz helada pero firme:
—Es una niña. Y fue el fruto de una noche llena de fuegos artificiales... a la luz de la luna.
Beto palideció aún más, quedando completamente desencajado. La frase resonó en su memoria como una explosión: una noche de fuegos artificiales a la luz de la luna. Eran las exactas palabras que Beca le había dicho al oído la mañana siguiente a su propuesta de matrimonio en el yate familiar, la última noche que habían hecho el amor con locura antes de que el escándalo de las fotos filtradas lo destruyera todo.
Un choque de duda y angustia atravesó el pecho de Beto. Abrió la boca, intentando desesperadamente preguntarle de quién era realmente esa bebé, si era suya o de Armando. Pero Rebeca no le dio la más mínima oportunidad.
—Fue un placer verlos en esta etapa tan bonita de buscar anillos —dijo Rebeca con elegancia, dando un paso hacia atrás—. Espero que sean muy felices y que no tengamos que volver a cruzarnos.
Dio media vuelta y caminó hacia la salida con paso firme, sosteniendo la cabeza en alto a pesar de que el corazón se le salía del pecho.
Vanessa, viendo a Beto a punto de salir corriendo tras ella con la mirada perdida en la nada, le tomó el brazo con firmeza y le habló en tono confidencial, recordándole el guion:
—No le des importancia a una mujer que te humilló públicamente, Beto —murmuró Vanessa en su oído, fingiendo condescendencia—. Enfócate. Sigamos viendo los anillos; recuerda que nuestro amigo en común necesita nuestra ayuda para elegir la joya perfecta para su futura prometida.
Beto se quedó de pie en medio de la joyería, viendo la silueta de Rebeca desaparecer tras el cristal, atrapado entre el rencor de la traición que la prensa había vendido y la aplastante corazonada de que esa niña a punto de nacer llevaba su misma sangre.
Rebeca salió a la calle a pasos apresurados, buscando aire fresco para calmar los latidos desbocados de su corazón. En medio de la sacudida emocional y la prisa por huir de esa humillación, ni siquiera se percató de que había olvidado sobre la vitrina de cristal el pequeño estuche de terciopelo azul que llevaba en las manos.
—¡Señorita! ¡Señorita, disculpe, se le quedó su estuche! —exclamó la vendedora del mostrador, alzando la voz desesperadamente hacia la puerta.
Sin embargo, el protocolo del establecimiento era estricto: la empleada no podía abandonar el mostrador dejando las joyas de alto valor expuestas al público para correr tras una cliente.
Al ver la escena, Beto reaccionó por instinto. Se desprendió del agarre de Vanessa con un movimiento seco y avanzó hacia el mostrador antes de que nadie más tocara el estuche.
—Entréguemelo a mí, por favor —pidió Beto con una voz autoritaria que no dejaba espacio a dudas—. Yo me encargo de hacérselo llegar inmediatamente.
La encargada de la joyería, reconociendo al instante la influencia y el peso del apellido Landaeta como uno de sus clientes más exclusivos y poderosos, no dudó un segundo. Le entregó la caja de terciopelo con una inclinación de cabeza respetuosa.
Beto sostuvo el pequeño baúl de tela entre sus dedos. Sintió que le pesaba una tonelada. Vanessa se acercó a su lado con el ceño fruncido, cruzándose de brazos con clara molestia.
—¿Qué haces, Roberto? Déjale eso a los empleados —protestó Vanessa, intentando disimular su impaciencia.
Sin escucharla, Beto presionó el broche dorado y abrió la tapa.
En el preciso instante en que la luz de los dicroicos de la tienda iluminó el interior de la caja, Beto sintió que el piso desaparecía bajo sus zapatos. El aire se le congeló en los pulmones.
Sobre el fondo de seda reposaba la delicada cadena de platino sosteniendo la reluciente esmeralda. Era el collar que él mismo le había regalado a Rebeca la noche de la propuesta en el yate.
La piedra preciosa brillaba exactamente igual que esa madrugada en el mar, cuando le juró amor eterno antes de que los fuegos artificiales estallaran. Las palabras de Rebeca volvieron a retumbar en sus oídos con una violencia arrolladora: “Es una niña. Y fue el fruto de una noche llena de fuegos artificiales... a la luz de la luna”.
El collar estaba intacto. Ella aún lo conservaba.
Beto apretó la caja de terciopelo en su mano, pero antes de dar un solo paso hacia la salida, giró bruscamente hacia la empleada del mostrador con la mirada inyectada en una urgencia contenida.
—¿Ella venía a devolver esta pieza? —preguntó Beto con la voz rasposa, necesitando entender qué hacía Rebeca con ese collar en la tienda.
—No, señor Landaeta —respondió la vendedora con amabilidad—. La señorita pidió un trabajo muy especial. Quería que cortáramos delicadamente un fragmento de la esmeralda para incrustar una pieza pequeña en la primera pulserita de su bebé, la cual mandó a grabar con su nombre.
Las palabras de la empleada cayeron sobre Beto como una revelación. Rebeca no quería deshacerse de su regalo ni venderlo; quería heredarle un pedazo del símbolo de su amor a la hija que llevaba en el vientre.
Vanessa, que escuchaba a su lado con los brazos cruzados, soltó una risita burlona y despectiva, acomodándose el bolso de marca sobre el hombro.
—Vaya... ¿y es que acaso ya no tiene dinero para comprarle una piedra nueva a su bebé que tiene que andar picando joyas viejas? Qué horrible espectáculo —comentó Vanessa con una venenoza condescendencia.
—Vanessa, basta —la cortó Beto con una dureza helada que la hizo dar un paso atrás—. Guarda tus comentarios fuera de lugar, por favor.
Beto respiró hondo para recuperar el control y la miró con absoluta frialdad.
—Hazme un favor: llama a Tomás ahora mismo —le indicó, refiriéndose al amigo en común por el que supuestamente estaban allí—. Dile cuál de los modelos de anillos que nos envió previamente fue el que más te gustó para su prometida y coordinen eso de una vez.
Vanessa, creyendo ingenuamente que Beto le estaba restando importancia al tema de Rebeca y reencontrando el interés en la gestión del anillo, esbozó una sonrisa de satisfacción.
—Está bien, beto, ya lo llamo —dijo entusiasmada, sacando su teléfono mientras caminaba hacia el exterior del local para hacer la llamada.
En cuanto Vanessa cruzó la puerta de cristal y quedó fuera de alcance, Beto se volvió de inmediato hacia la encargada, apoyando las manos sobre el mostrador.
—Procese el pedido exactamente como Rebeca lo solicitó —ordenó Beto con tono firme y decidido—. Corten la esmeralda, hagan la pulsera y dejen el resto del collar impecable. Yo me voy a hacer cargo de pagar absolutamente todo en este momento. Pero exijo total discreción: mi acompañante no puede enterarse de esto por ningún motivo, y cuando Rebeca venga a recogerlo o mande a alguien, no le cobren un solo centavo.
La vendedora asintió de inmediato, registrando la orden en el sistema mientras Beto deslizaba su tarjeta de crédito, con la mirada fija en el estuche de terciopelo y la mente completamente decidida a descubrir la verdad detrás de esos ocho meses de mentiras.







