Capitulo 7

A partir de esa noche en el club, las cosas en la facultad cambiaron de ritmo de manera drástica. Vanessa adoptó una distancia sepulcral, ignorando a Beto y a Beca como si no compartieran el mismo aire. Cumplió la advertencia, pero no por sumisión, sino por pura estrategia: necesitaba que Beto bajara la guardia mientras ella y su madre tejían una red más grande.

Beto, por su parte, se tomó muy en serio la tarea de recuperar la confianza de Beca. Ya no la buscaba con la ligereza de antes; ahora respetaba sus espacios, sus horarios y su plano académico, demostrándole con hechos que sus disculpas en el porche de su casa eran genuinas. Durante las extenuantes tardes de biblioteca, él se limitaba a concentrarse en las proyecciones de datos, escuchando con atención cada corrección que ella hacía, sin forzar conversaciones personales.

Esa madurez obligada empezó a ablandar el muro que Beca había levantado.

Una tarde lluviosa de viernes, mientras el resto del campus se vaciaba por el fin de semana, ambos se quedaron en una mesa arrinconada de la biblioteca terminando de corregir los gráficos del proyecto final. El silencio era absoluto, roto solo por las gotas de lluvia golpeando los grandes ventanales de vidrio.

—Listo —dijo Beca, cerrando su computadora portátil con una pequeña sonrisa de satisfacción—. Esa era la última inconsistencia. El informe quedó impecable, Roberto.

Beto, que estaba anotando unas conclusiones en su libreta, levantó la mirada. Al escucharla llamarlo por su nombre de pila de nuevo, y no con el distante "Roberto" cargado de ironía de las últimas semanas, sintió un vuelco ligero en el pecho.

—Gracias a que no me dejaste meter mal los dedos en la proyección de la tabla de interés —respondió él, sonriendo con timidez—. De verdad, Beca... gracias por no haber tirado la toalla con este proyecto. Sé que las cosas se pusieron... difíciles.

Beca lo miró fijamente. La luz tenue de la biblioteca hacía que sus ojos oscuros se vieran más suaves. Se apoyó en el respaldo de la silla, evaluando al hombre que tenía enfrente. Ya no veía al muchacho soberbio que se dejaba llevar por las apariencias; veía a un joven que se había esforzado por corregir su error con respeto y silencio.

—No tiro la toalla con lo que me cuesta esfuerzo, Beto —contestó ella, usando por fin su apodo—. Y admito que has trabajado duro. Mi papá tenía razón en que tu mundo es complicado, pero también veo que tú estás intentando no ser parte de esa complicidad.

Beto estiró la mano sobre la mesa, deteniéndose a unos centímetros de la de ella, sin invadir su espacio, pero ofreciendo una cercanía real.

—No quiero serlo, Beca. Quiero estar contigo, trabajar contigo... me haces ver que pasé toda mi vida metida en una pecera donde todo es artificial. Tú eres real. Tu dignidad es real. Y no quiero perder eso.

Un silencio espeso y cargado de una electricidad nueva se instaló entre los dos. Beca miró la mano de Beto y luego subió los ojos hacia los de él. La barrera no se había caído del todo, pero la primera grieta profunda estaba hecha. En la penumbra de la biblioteca, rodeados de libros viejos y con el ruido de la lluvia de fondo, ambos supieron que el proyecto académico ya no era lo único que los unía. El amor, de manera inevitable, estaba reclamando su espacio.

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