Capitulo 1

Rebeca subió a su auto y cerró la portezuela de golpe. El silencio del vehículo ahogó los ruidos de la avenida, pero no pudo detener el temblor errático de sus manos sobre el volante. Inclinó la cabeza y apoyó ambos brazos contra el tapizado, respirando hondo mientras una de sus manos descendía en un movimiento instintivo hacia la parte baja de su vientre, acariciando la suave curvatura.

—Tranquila, mi amor... ya pasó —susurró con la voz entrecortada, intentando calmar tanto a su bebé como a los latidos desbocados de su propio corazón.

Ver a Roberto después de ocho largos meses de un silencio devastador la había desarmado por completo. Toda la coraza de frialdad y elegancia que había construido día a día, mientras ejercía con impecable rigor su cargo como CEO, se había resquebrajado en un segundo al cruzarse con esos ojos cafés. Ojos que la observaron con la misma mezcla de intensidad, conmoción y vulnerabilidad que conservaba en su memoria.

Apretó los párpados con fuerza, sintiendo cómo los recuerdos la arrastraban inevitablemente hacia atrás en el tiempo. Recordó esa mirada. La mismísima mirada con la que él la observó aquella tarde en el campus universitario donde sus mundos colisionaron por primera vez...

…………..todavía recordaba el olor a a césped recién cortado y a la humedad típica de las mañanas de otoño. A sus veintiún años, Rebeca —a quien todos en su círculo cercano llamaban cariñosamente «Beca»— caminaba por los pasillos de adoquines con la seguridad de quien sabe exactamente hacia dónde se dirige. Llevaba bajo el brazo una carpeta atestada de apuntes y un termo de café que su madre le había preparado antes de salir de casa.

La vida de Beca no estaba marcada por los grandes lujos, pero sí por una riqueza que pocos en esa facultad de élite podían comprender: un hogar estable, lleno de risas, cenas en mesa larga y un apoyo incondicional. Su padre, un contador minucioso y honesto, y su madre, una profesora de primaria con una paciencia infinita, se habían asegurado de que a ella nunca les faltara ni educación ni afecto. Entrar a aquella universidad privada mediante una beca por excelencia académica era su orgullo, no una carga.

Al cruzar la explanada central hacia la biblioteca, Beca vio la escena de siempre: un grupo de estudiantes vestidos con ropa de diseñador conversando cerca de la fuente de bronce. En el centro del grupo estaba Roberto Landaeta.

Beto.

Incluso a la distancia, Roberto destacaba. No solo por su porte atlético o la compostura impecable que su madre, Doña Elena, le había inculcado desde la cuna, sino por la mirada atenta con la que escuchaba a los demás. Beto pertenecía a una de las familias más influyentes del entorno legal en el país, un apellido que abría puertas en bancos y ministerios con una sola llamada. Sin embargo, a diferencia de sus compañeros de clase social, en Beto había un rasgo genuino de curiosidad y humildad que la arquitectura de su educación aristocrática no había logrado extinguir.

—¡Beca! —la llamó una voz femenina a su espalda.

Era Vanessa.

Vanessa caminaba con la elegancia ensayada de quien ha crecido asistiendo a clubes exclusivos y galas de beneficencia. Llevaba una sonrisa impecable, perfecta, del tipo de sonrisas que no llegan a los ojos. Vanessa y Beto se conocían desde los cinco años; sus familias compartían acciones en los mismos clubes de golf y sus madres organizaban juntas los eventos de caridad de la alta sociedad. Para Doña Elena, Vanessa no era solo la amiga de su hijo: era la única opción aceptable para el futuro de la estirpe.

—Hola, Vanessa —respondió Beca, deteniéndose y ajustando la carpeta contra su pecho.

—Iba a buscar a Beto para la reunión del comité —dijo Vanessa, acomodándose un mechón de cabello perfectamente peinado—. Me dijo que ibas a revisar con él los avances del proyecto de fin de curso. Qué dedicada eres, de verdad. Admiro cómo te esfuerzas tanto por mantener la beca, debe ser agotador no tener el margen de error que tenemos los demás.

Las palabras de Vanessa siempre venían envueltas en un celofán de amabilidad fingida. Era una cortesía afilada como un bisturí, diseñada para recordar discretamente las diferencias de origen.

—No es agotador cuando te gusta lo que estudias —contestó Beca con una sonrisa serena, sin engancharse en la provocación—. Y sí, Me encontrare con Beto en las mesas del jardín.

—Perfecto, vamos juntas entonces. Así le recuerdo que esta noche tenemos la cena de la fundación de su mamá. Ya sabes cómo se pone Elena si Beto llega tarde a los compromisos de la familia.

Caminaron en un silencio tenso hacia el jardín. Cuando Beto levantó la vista del portátil y vio a Beca acercarse, su rostro cambió por completo; la rigidez seria con la que solía tratar a sus pares se disolvió en una sonrisa cálida que le iluminó los ojos.

—Llegas a tiempo, Beca —dijo él, levantándose de inmediato para ofrecerle la silla a su lado—. Traje los balances que pediste para la estructura del proyecto.

—Hola, Beto —interrumpió Vanessa, deslizándose con naturalidad para ocupar el espacio frente a ellos—. Vine a acompañar a Beca y a recordarte lo de la cena de hoy. Tu mamá me pidió que me asegurara de que fueras a buscarme temprano.

—Hola, Vanessa. Sí, lo tengo anotado —respondió Beto, aunque su tono volvió a adquirir esa cortesía distante y formal—. Pero primero tenemos que terminar este informe. Beca encontró un error en la proyección de datos que nos habría costado la nota.

Vanessa parpadeó, ocultando la punzada de molestia que le provocó ver cómo Beto priorizaba la opinión de Beca sobre su presencia. Miró a Beca de arriba abajo, deteniéndose apenas un segundo en la sencillez de su ropa y en el bolso de lona que llevaba colgado en la silla.

—Qué dedicada eres, Beca —comentó Vanessa, acomodándose la pulsera de oro en la muñeca—. Por un momento pensé en decirte que nos acompañaras esta noche a la gala de la fundación... pero, siendo sincera, es un evento bastante cerrado. Ya sabes, puro protocolo, apellidos de siempre y código de etiqueta muy riguroso. Definitivamente no es el tipo de ambiente en el que alguien de tu círculo se sentiría cómodo. Sería casi cruel exponerte a eso.

El tono de Vanessa era de una condescendencia helada, disfrazada de falsa empatía. Beto frunció el ceño, a punto de intervenir para frenar el comentario, pero Beca se le adelantó. Guardó su termo de café con absoluta calma, levantó la mirada y sostuvo la de Vanessa con una sonrisa serena, sin un solo rasgo de alteración.

—Agradezco mucho tu preocupación por mi comodidad, Vanessa —respondió Beca con voz firme y pulida—. Pero no te preocupes. Por suerte, mi felicidad no depende del código de vestimenta de una recepción ni del apellido de quienes están en la mesa. Tampoco necesito esa clase de frivolidades para respirar con tranquilidad. Mis noches suelen estar ocupadas con cosas mucho más valiosas.

Beto dejó escapar una risotada genuina, imposible de contener, ante la soltura y elegancia con la que Beca había desarmado la provocación. Tuvo que disimular rápidamente aclarando la garganta, pero la chispa de diversión en sus ojos era innegable.

Vanessa apretó levemente los labios, sintiendo el golpe de la sutileza. Sabiéndose acorralada y sin un argumento elegante para responder frente a la risa de Beto, esbozó una sonrisa rígida.

—Veo que sigues tan pragmática como siempre —dijo Vanessa, dando un paso atrás y ajustándose el abrigo—. En fin... los dejo trabajar. Nos vemos en la noche, Beto.

Se giró sobre sus tacones y comenzó a alejarse a paso firme por el sendero del campus. A medida que la distancia entre ellos aumentaba y la música de la fuente apagaba sus pasos, la máscara de compostura de Vanessa se desmoronó por completo. La rabia le quemaba el pecho y los nudillos se le pusieron blancos de apretar la correa de su bolso.

—Pero ¿quién demonios se cree que es esa muerta de hambre? —murmuró entre dientes, masticando cada palabra con veneno mientras sus ojos echaban chispas—. «Frivolidades para respirar» ... ¡insolente! ¿Y Beto? ¿Cómo fue capaz de reírse en mi cara y no defenderme? Preferir a una muerta de hambre antes que a mí...

Se detuvo un segundo ante de cruzar el portón principal, sacó su teléfono del bolso y buscó un contacto en particular. En la pantalla brilló el nombre: Doña Elena.

—Esto no se va a quedar así —masculló Vanessa, guardando el teléfono con una sonrisa calculadora—. Esto lo tiene que saber Elena hoy mismo. Vamos a ver cuánto le dura la altanería a la becadita cuando descubra con quién se está metiendo.

En el jardín, ajenos a la tormenta que comenzaba a gestarse en la sombra, Beto y Beca abrieron los cuadernos, uniendo sus mundos sobre la mesa de madera.

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