La celebración en casa de Beca se sentía a un millón de kilómetros del protocolo asfixiante de la universidad. La sala estaba decorada con globos sencillos y el aire estaba impregnado del aroma a guiso casero, ajo tostado y café recién colado. En la mesa de madera pulida, los cuatro platos hondos habituales se habían multiplicado para recibir a la familia y a Beto, quien acababa de llegar al porche de la vivienda sosteniendo un imponente ramo de orquídeas blancas, con el corazón inflado de orgullo por el noviazgo formalizado esa misma tarde.Sin embargo, justo cuando Beto iba a tocar el timbre, la puerta se abrió de golpe.Un joven alto, de porte atlético, vestido con una chaqueta moderna y cargando una maleta de viaje, apareció en el umbral justo detrás de Beto. Beca, que había abierto la puerta se fue encima de él, soltó un grito ahogado que Beto jamás le había escuchado.—¡No puede ser! ¡Mauricio! —exclamó ella.Sin pensarlo un segundo, Beca se lanzó a sus brazos con una energía ar
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