La habitación estaba en silencio, sofocante.Las bandejas sobre la mesa permanecían prácticamente intactas, la comida fría, olvidada como si el tiempo se hubiera detenido allí dentro. Lorena estaba sentada al borde de la cama, los codos apoyados en las piernas, los dedos presionando las sienes mientras el dolor de cabeza latía, insistente.No había dormido. No de verdad. Tal vez algunos minutos fragmentados e inquietos, siempre interrumpidos por la misma sensación: sus manos, la fuerza, la falta de elección.Abrió los ojos despacio y respiró hondo, pero el aire parecía no entrar del todo.La puerta se abrió sin aviso.Lorena no se movió.Rafael entró con la expresión calmada, casi suave, como si nada hubiera pasado, como si esa noche no hubiera existido, como si ella no estuviera allí contra su voluntad.—No has comido.Su voz era baja, cariñosa.Lorena permaneció en silencio.Él se acercó y se detuvo a pocos pasos, observándola con atención.—Necesitas alimentarte —dijo, en el mismo
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