Rafael cerró la puerta del despacho con la fuerza suficiente para hacerla temblar en el marco, el impacto resonando por el pasillo mientras sus dedos permanecían aferrados al pomo un segundo más de lo necesario, apretando con tal intensidad que los nudillos se blanquearon, la mandíbula tensa hasta doler. La conversación con su abuelo aún reverberaba dentro de él —exigencias, control, desdén— y, sobre todo, ese nombre que parecía perseguirlo en cada frase, en cada mirada, en cada decisión: Dante