Treinta y uno

Rafael dio un paso adelante.

Instintivamente.

—Lorena…

—No.

Ella levantó la mano.

Deteniéndolo.

El gesto fue pequeño.

Pero cargado de una autoridad que él rara vez veía en ella.

—No te acerques más.

Rafael se quedó helado.

Aquella no era la Lorena que conocía.

La mujer frente a él parecía diferente.

Más dura.

Más fría.

Sus ojos brillaban con una rabia contenida que él nunca había visto antes.

—No tienes derecho —continuó ella, con voz baja pero afilada— a aparecer aquí en medio de la noche como
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