Lorena firmó el documento con la mano temblorosa.
Las letras salieron torcidas, el nombre casi irreconocible. Aun así, no esperó a que el mareo pasara. El efecto de los analgésicos pesaba en su cabeza, dejando todo lento, demasiado distante. Quedarse allí era peor.
Jamás habría puesto un pie en aquel hospital si hubiera sabido que el seguro médico no cubriría la atención.
Uno de los más caros del país. Un lugar donde cada minuto tenía precio.
— La señora puede irse — dijo la recepcionista, empu