El silencio que quedó después de que Rafael se fuera era ensordecedor.Lorena permaneció unos segundos quieta en el mismo lugar, como si el cuerpo aún esperara otra explosión, otro golpe —no físico, sino emocional. El corazón latía demasiado rápido, descompasado, como si lo hubieran abandonado en medio de una carrera.Fue el gerente quien la encontró.Se acercó con cautela, la vergüenza visible en el rostro. No preguntó nada. No pidió explicaciones. Solo le pidió que lo acompañara a la pequeña sala administrativa.Allí, lejos de las miradas curiosas, colocó un sobre sobre la mesa.—No tienes que volver mañana —dijo, con una amabilidad casi desconcertante.Lorena abrió el sobre con los dedos temblorosos.Un cheque. Una cantidad mayor de la que esperaba recibir por semanas de trabajo.—Esto es… —empezó.—Una disculpa —interrumpió él—. Por lo que pasó aquí. Lamentablemente tenemos que dar por terminado tu contrato.Ella asintió, incapaz de decir algo. Las palabras parecían todas equivoca
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