Lorena siguió caminando incluso cuando el cuerpo empezó a fallarle.
La adrenalina se fue de golpe, como una ola que retrocede y solo deja escombros.
El cansancio llegó primero —no ese cansancio común, de final de día, sino algo más profundo. Un peso que parecía venir de los huesos, que se alojaba en los músculos y los volvía extraños, como si ya no le pertenecieran.
Luego vino el dolor en el estómago.
No el dolor familiar de los últimos días, ese que ya había aprendido a ignorar. Era diferente.