Cinco

El dolor no disminuyó.

Cuando Lorena llegó al hospital, apenas pudo explicar lo que sentía. Las palabras salían rotas, la visión borrosa, todo el cuerpo reaccionando como si estuviera en alerta máxima. La colocaron en una camilla, luces fuertes sobre su rostro, voces rápidas a su alrededor.

— La presión bajó — dijo alguien.

— Dolor abdominal intenso — dijo otra voz.

Cerró los ojos cuando la aguja entró en su vena.

El medicamento comenzó a hacer efecto lentamente, como un velo pesado descendiendo sobre sus sentidos. El dolor fue cediendo, no porque se hubiera ido, sino porque su cuerpo ya no tenía fuerzas para gritar.

Algún tiempo después — no supo decir cuánto — un médico entró en la habitación. Era un hombre de mediana edad, expresión seria, pero no alarmista.

— ¿Lorena Souza? — preguntó, consultando el historial.

Ella asintió.

— Tuvo una crisis de gastritis nerviosa — explicó. — Ya venía ignorando los síntomas desde hacía demasiado tiempo. Encontramos pequeñas úlceras en el estómago.

Las palabras tardaron en tener sentido.

— ¿Úlceras? — repitió, en voz baja.

— Sí. Nada que requiera cirugía por ahora, pero es una advertencia clara de su cuerpo. — La miró con atención. — Necesita controlar el estrés, las emociones. Si continúa así, esto puede evolucionar.

Lorena cerró los ojos por un instante.

Controlar las emociones.

Como si eso fuera una elección simple.

— Voy a recetarle la medicación adecuada y una dieta rigurosa — continuó el médico. — Y reposo. Mucho reposo.

Ella asintió de nuevo, automáticamente.

El médico salió.

La habitación quedó en silencio, roto solo por el sonido distante de los aparatos en el pasillo. El efecto del medicamento la dejaba pesada, lenta, como si estuviera sumergida.

Fue entonces cuando la puerta se abrió de nuevo.

Una enfermera entró, sosteniendo una tableta y una tarjeta en la mano.

— ¿Señora Lorena? — llamó, con una sonrisa profesional.

— Sí… — respondió, somnolienta.

— La tarjeta de su seguro médico fue rechazada.

Lorena frunció el ceño, confundida.

— Eso… eso no es posible — murmuró. — La usé esta mañana. Aquí mismo.

— Pues sí — respondió la enfermera, aún sonriendo, pero ahora de forma un poco más rígida. — Consta como bloqueada en el sistema.

El corazón de Lorena se aceleró.

— Debe ser algún error.

— Puede ser — concordó la mujer. — Mientras tanto, necesitamos gestionar el pago de la atención.

Lorena tragó saliva.

— Yo… — llevó la mano a su bolso y sacó la tarjeta del banco. — Puede pasar con esta.

La enfermera tomó la tarjeta y salió por unos instantes.

Lorena intentó no pensar. El medicamento lo dejaba todo medio lejano. Después lo resuelvo, pensó.

La enfermera volvió.

— Tarjeta rechazada — informó, ahora sin sonreír.

El frío recorrió la columna de Lorena.

— No… — se sentó con dificultad. — Inténtelo de nuevo, por favor.

La mujer lo intentó. El resultado fue el mismo.

— ¿Puede revisar en la aplicación del banco?

Con dedos temblorosos, Lorena tomó el teléfono. Abrió la aplicación. La pantalla tardó en cargar.

Cuando finalmente apareció, el aviso estaba allí.

Cuenta bloqueada.

Esa cuenta.

La cuenta conjunta.

Todo encajó de una vez.

El seguro médico.

La tarjeta.

El bloqueo.

Rafael.

No necesitaba decir nada.

El mensaje estaba claro.

Lorena sintió que el estómago se contraía de nuevo, no por la gastritis, sino por la comprensión brutal.

Él quiere controlarme.

La enfermera carraspeó, visiblemente incómoda, y forzó una sonrisa educada.

— Entonces, señora… — dijo, con la voz entrenada para no juzgar. — ¿Cuál va a ser la forma de pago?

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