Desperté con el peso de su brazo cruzado sobre mi cintura y el olor a sexo y sal todavía impregnado en las sábanas. La luz de la tarde entraba a través de las persianas verdes, dibujando franjas doradas sobre la cama deshecha. Lorenz dormía de lado, la boca entreabierta, el pelo revuelto. El anillo brillaba en su dedo como una promesa que no necesitaba palabras.Me quedé quieta un rato, escuchando su respiración y el rumor constante del mar abajo. La rabia de horas antes se había convertido en algo más denso, más caliente. No había desaparecido del todo. Seguía ahí, debajo de la piel, como una marca que el sol no podía borrar. Pero él la había transformado. La había convertido en deseo, en posesión, en esa necesidad casi animal de sentirlo dentro de mí otra vez solo para recordarme que era mío.Me deslicé con cuidado fuera de la cama. Me puse su camisa blanca, la misma que había llevado al pueblo, y salí descalza a la terraza. El aire de la tarde olía a limoneros y a calor retenido en
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