Bajamos al puerto con las camisetas puestas y las manos entrelazadas. El sol de la mañana ya calentaba las piedras y el aire olía a gasolina de barcos, a limón recién cortado y a sal. Lorenz llevaba una nevera pequeña con agua, fruta y una botella de vino blanco que había comprado la noche anterior. Yo llevaba la toalla grande y el sombrero de paja que él me había puesto en la cabeza antes de salir, diciendo que no quería que me quemara.
La gente nos miraba. Algunas sonreían. Una señora mayor n