Lorenz me dejó frente al edificio de la oficina a las ocho y media en punto. El cielo seguía gris, pesado, como si el día no hubiera decidido todavía si iba a llover o a aguantar. Antes de que abriera la puerta del copiloto, él me tomó la mano y rozó el anillo con el pulgar, una vez, despacio.—A la una paso a buscarte —dijo—. Almorzamos con mi madre. Ya le dije que vendría alguien importante. No le conté más.Asentí. El anillo aún se sentía extraño en el dedo, un poco holgado, frío contra la piel cada vez que movía la mano.—Estaré lista.Me besó. No fue un beso rápido de despedida. Fue corto, sí, pero profundo, como si quisiera dejarme el sabor de la noche anterior todavía en la boca. Cuando se separó, sus ojos buscaron los míos un segundo más.—Si alguien pregunta por el anillo… —empezó.—Diré que estoy comprometida—contesté—. Porque lo estoy. Sonrió esa sonrisa amplia que solo me dedicaba a mí y arrancó. Me quedé un momento en la acera mirando cómo el coche se perdía entre el trá
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