El corazón me dio un vuelco tan fuerte que por un segundo pensé que Lorenz lo había oído.
Me incorporé un poco, lo suficiente para mirarlo a la cara. Él seguía con el brazo alrededor de mis hombros, pero su expresión había cambiado. Ya no era la de alguien que apenas salía de una convalecencia. Había una curiosidad quieta, casi cautelosa, como si la pregunta se le hubiera escapado antes de poder retenerla.
—¿Por qué me lo preguntas ahora? —dije, y odié lo ronca que me salió la voz.
Lorenz