Emilian estaba en el umbral.
La bolsa de sushi se me quedó pesada en la mano. El rellano pareció encogerse de golpe.
—Hola, Elara —repitió, con esa voz baja que yo conocía demasiado bien—. Necesitamos hablar.
Detrás de él se oyó el roce de una silla. Lorenz apareció en el pasillo. No parecía sorprendido. Solo tenso. La mandíbula apretada, los ojos oscuros fijos en mí, como si ya hubiera estado esperando este momento exacto.
—Pasa —dijo Lorenz, y su voz sonó controlada, demasiado controlada—. Ya