La lluvia no paró en toda la tarde.
Se volvió más espesa después de las cuatro, como si el cielo hubiera decidido quedarse a escuchar lo que nosotros no nos atrevíamos a decir.
Lorenz se quedó dormido con la mano todavía en la mía. Su respiración era irregular, más profunda cuando el dolor de las costillas se calmaba un poco. Yo no me moví. Conté los minutos por el golpeteo del agua contra el cristal y por el ritmo de su pecho.
Cuando despertó, ya era de noche.
La única luz venía de la coci