La mañana llegó y Gio dormía abrazando a Lia con fuerza, pegándola completamente a su cuerpo, como si incluso dormido temiera que alguien pudiera arrebatársela. Lia abrió lentamente los ojos y sintió el calor de su piel envolviéndola. Una sonrisa apareció en sus labios. Con cuidado de no despertarlo, comenzó a dejar pequeños besos sobre su pecho, suaves y pausados, recorriendo su piel con infinita ternura. Pronto sintió cómo los brazos de Gio se apretaban aún más alrededor de su cintura, hasta que él descendió el rostro y besó delicadamente su cuello.—Buenos días, Luciérnaga. ¿Cómo dormiste?—Bien, amor. ¿Y tú?—Bien, como siempre.La observó con una sonrisa enamorada antes de suspirar.—Hoy será un día largo.—Sí... tengo varias reuniones pendientes por nuestra escapada a América y tú debes ir a los muelles.Gio gruñó y se escondio en su cuello.—¿Y si decimos que todavía no llegamos de América y nos quedamos todo el día aquí, en la habitación? Haciendo el amor, comiendo, haciendo
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