Lia llegó corriendo a la clínica sin recordar siquiera cómo lo había hecho. Lo único que ocupaba su mente era la imagen de Giorgio luchando por si vida y el miedo le oprimía el pecho con tanta fuerza que apenas podía respirar.
Apenas cruzó las puertas automáticas buscó desesperadamente con la mirada hasta encontrar a Paul sentado en una de las salas de espera, con el brazo completamente enyesado y varios cortes en el rostro. Corrió directamente hacia él, sujetó su camisa con ambas manos mientra