Los días se transformaron en semanas y las semanas en un mes. Giorgio había sido trasladado a una habitación VIP donde Lia prácticamente vivía. Dormía a su lado, desayunaba junto a él, almorzaba allí mismo y apenas salía unos minutos para ducharse cuando Paul lograba convencerla. Todo el hospital terminó acostumbrándose a verla sentada junto a aquella cama, sosteniendo la mano del Don Bellamonte mientras le hablaba durante horas con la esperanza de que, en algún rincón de su conciencia, pudiera escucharla.Durante ese mes, Ginna y Paula también permanecieron en Nápoles. Todos los días acudían al hospital con la excusa de visitar a Giorgio. Después de la última discusión, la relación entre ellas y Lia se había vuelto únicamente cordial. Nadie volvía a levantar la voz. Nadie discutía. Se limitaban a intercambiar algunas palabras, permanecer unos minutos junto a la cama y marcharse.Lo que Lia ignoraba era que, durante treinta interminables días, aquellas dos mujeres habían esperado exac
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