Adelaide regresó al departamento con la cabeza gacha y las manos vacías. El camino de vuelta se le hizo interminable; llevaba los ojos húmedos, la garganta cerrada y una sensación de derrota que le pesaba más que el cansancio. Cuando abrió la puerta, encontró a Sofía sentada junto a Mateo, esperando escuchar que al menos una cosa había salido bien. El pequeño levantó la mirada hacia ella, pero Adelaide apenas consiguió regalarle una sonrisa antes de bajar los ojos. Sofía observó sus manos, luego el rostro. No necesitó ninguna explicación para entender que algo había ocurrido. —¿Qué pasó? —preguntó Sofía, levantándose despacio, mientras la preocupación comenzaba a dibujarse en su rostro. —Me robaron —respondió Adelaide, dejando escapar un suspiro tembloroso—. Un hombre apareció de la nada, me arrancó el bolso y salió corriendo. Se llevó todo, Sofi. El anillo, el teléfono, mis documentos... no pude hacer nada. Sofía se quedó mirándola unos segundos y luego se llevó una mano al rostro
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