Finalmente, los últimos muebles de Sofía fueron sacados del edificio y quedaron amontonados junto a la acera, dentro de cajas y bolsas que apenas alcanzaban a proteger sus pertenencias del frío. La puerta del departamento se cerró detrás de ellas y, por unos segundos, ninguna de las dos supo qué hacer. Mateo se aferró al cuello de Adelaide mientras ella lo sostenía contra su pecho, intentando protegerlo del aire helado que les golpeaba el rostro. Sofía, en cambio, parecía extrañamente tranquila. Ya no lloraba, ni discutía con nadie, no mostraba el mismo miedo que unas horas antes. Adelaide la observó atentamente sin decir nada, pero aquella calma escondía algo. Pasó casi una hora mientras esperaban una solución, hasta que Adelaide levantó la mirada al escuchar el sonido de un motor acercándose. Un auto negro lujoso avanzó por la calle y detrás apareció un camión de transporte. Al verlo detenerse frente a ellas, Adelaide frunció el ceño y miró a Sofía. —¿Qué hiciste, Sofía? —preguntó
Ler mais