Antonia no se movió. En lugar de marcharse, dejó escapar una sonrisa apenas perceptible, convencida de que todavía conservaba una última estocada capaz de romper a Adelaide. Dio un par de pasos hacia la cama y la observó con detenimiento. Esperaba encontrar a la muchacha insegura que durante dos años había soportado cada humillación en silencio, pero delante de ella solo había una mujer consumida por el duelo, con la mirada apagada y el corazón demasiado roto para seguir sintiendo miedo.
—¿Sabe