Horas después, la espera se había convertido en una tortura. El pasillo permanecía casi en silencio, interrumpido únicamente por el sonido de alguna puerta al abrirse o por los pasos apresurados del personal médico. Lorenzo seguía sentado junto a Sofía, con los codos apoyados sobre las rodillas y la mirada perdida en el suelo. Marco permanecía cerca, acompañado por Antonia y Renato, mientras ninguno se atrevía a hablar demasiado. El tiempo parecía avanzar con una lentitud desesperante, hasta que las puertas de urgencias finalmente se volvieron a abrir y la doctora apareció nuevamente. Su expresión ya era distinta a la de horas atrás y, al verla acercarse, todos levantaron la mirada al mismo tiempo. —Pudimos detener la hemorragia —informó la doctora con voz serena, dejando escapar el aire lentamente—. Adelaide se encuentra estable. Ahora está descansando bajo los efectos del sedante y, si todo continúa así, solo tendremos que esperar unas horas para que despierte. Sofía cerró los o
Leer más