Al caer la tarde, Marco condujo hasta la casa de sus padres. Necesitaba comprobar cómo seguía Renato después del infarto, pero también alejarse por unas horas del vacío que lo esperaba en la mansión. Encontró a su padre sentado en la terraza, contemplando los viñedos mientras una suave brisa movía las hojas de las parras. Al escuchar el motor del vehículo, Renato levantó la vista, cerró el libro que tenía entre las manos y señaló con un leve movimiento de la cabeza la silla que tenía enfrente.—Llegaste. Siéntate un momento —dijo con tranquilidad, aguardando a que su hijo tomara asiento.Marco obedeció sin pronunciar palabra. Se acomodó frente a él y apoyó los antebrazos sobre las piernas, manteniendo la vista perdida en el jardín. Durante unos segundos ninguno habló. Renato aprovechó ese silencio para observarlo con detenimiento; las ojeras marcadas, el semblante agotado y la barba que comenzaba a crecer revelaban un desgaste que iba mucho más allá del cansancio físico. Finalmente, e
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