Sofía se acercó despacio a la cama y dejó la bolsa sobre una silla. Al ver el rostro de su hermana, sintió que se le cerraba la garganta, pero hizo un esfuerzo por mantener la calma porque sabía que Adelaide necesitaba un lugar seguro donde derrumbarse.
—¿Cómo te sientes? —preguntó con suavidad, sentándose a su lado—. Voy a quedarme contigo durante todo este proceso, ¿sí? No tienes que pasar por esto sola.
Adelaide no respondió. Ni siquiera giró la cabeza hacia ella. Sus ojos seguían perdid