La sala de espera quedó sumida en un silencio extraño después de las palabras de Lorenzo. Marco seguía sentado, con los codos apoyados sobre las rodillas y las manos entrelazadas frente a su rostro. No conseguía apartar la mirada del suelo. La noticia había llegado demasiado tarde, de una manera demasiado cruel. Tenía un hijo. Un hijo que llevaba días creciendo dentro de Adelaide mientras él se dedicaba a desconfiar de ella, a buscar culpables y a defender un orgullo que ahora le parecía misera