El coche avanzaba despacio hacia el Hogar Elena. En el asiento de atrás, los niños estaban extrañamente callados. Por lo general, iban haciendo ruido, molestándose entre ellos o cantando a gritos las canciones que acababan de escuchar en la radio. Ahora, solo se oía el motor y sus propias respiraciones.Lucía echó un vistazo por el espejo retrovisor. Vio a Pablo, el más pequeño, abrazando sus rodillas mientras miraba al vacío por la ventana.—Pablo, ¿estás bien? —preguntó Lucía, intentando que su voz sonara lo más dulce posible.Pablo asintió, pero no dijo nada.Poco después, Samuel, el niño que iba sentado a su lado, dijo con tono preocupado:—Lucía, me asusté un montón cuando el coche de Mateo pasó tan rápido hace un rato. ¿Por qué conducía así?Lucía forzó una sonrisa para tranquilizarlo.—No es nada. Los adultos a veces nos ponemos así cuando tenemos prisa.Hubo un silencio incómodo hasta que Ana, la mayor, habló con cautela:—Seño Lucía, ¿estás enfadada con Rafael? Escuché que le
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