El coche avanzaba despacio hacia el Hogar Elena. En el asiento de atrás, los niños estaban extrañamente callados. Por lo general, iban haciendo ruido, molestándose entre ellos o cantando a gritos las canciones que acababan de escuchar en la radio. Ahora, solo se oía el motor y sus propias respiraciones.
Lucía echó un vistazo por el espejo retrovisor. Vio a Pablo, el más pequeño, abrazando sus rodillas mientras miraba al vacío por la ventana.
—Pablo, ¿estás bien? —preguntó Lucía, intentando que