La oscuridad en la habitación principal de la mansión de lujo de Mateo Torres se sentía espesa y sofocante. Un olor a sangre fresca empezó a llenar el aire, mezclándose con el aroma de perfume caro que ahora resultaba nauseabundo. En el suelo frío, Lucía seguía de rodillas, con las manos temblando violentamente mientras presionaba el pecho de Mateo, que estaba bañado en sangre.
—¿Mateo? Oye, escúchame. No cierres los ojos. ¡Por favor, quédate conmigo! —susurró Lucía. Su voz estaba ronca, tembla