El ambiente en la sala de juntas del Madrid Royale FC se transformó de repente en un escenario de ejecución silenciosa. El aire se volvió tan denso que parecía que el oxígeno había sido succionado por las miradas afiladas de una docena de hombres de mediana edad, vestidos impecablemente, sentados alrededor de una enorme mesa de caoba. Al cabecero, en la silla de honor, Don Fernando, el presidente del club, apretaba los puños sobre la mesa con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos.