El día apenas se asomaba por la ventana del dormitorio principal cuando un golpe seco en la puerta principal rompió el silencio del pequeño apartamento de Clara. Lucía, con los ojos todavía hinchados tras una noche entera llorando en los brazos de Mateo, saltó del sofá, sobresaltada. Había ido al apartamento de su mejor amiga la noche anterior, tras pedirle permiso a su marido.
—¿Quién viene a estas horas? Ni siquiera son las siete —susurró Clara desde detrás de la puerta de su habitación, dand