Aquella mañana, el aire de Madrid se sentía asfixiante para Lucía. Estaba de pie frente al espejo en el apartamento de Clara, intentando disimular los restos de lágrimas con un poco de polvos. Le temblaban un poco las manos mientras se arreglaba el cuello de la americana blanca.Clara, desde el marco de la puerta, la miraba con preocupación. —¿Seguro que quieres hacer esto? Te ves fatal, Cia.Lucía forzó una sonrisa. —No me queda otra, Clara. Si no aparezco, Mateo es capaz de hacer alguna locura. Hoy necesita la imagen de la esposa abnegada.—Es tu marido, Lucía, no tu jefe —le recordó Clara en voz baja.Lucía solo se encogió de hombros. Agarró su bolso y salió hacia el coche. Se sentó al volante, arrancó y condujo ella misma hasta las oficinas del club. Durante el trayecto, solo miraba al frente, a las calles mojadas por la lluvia de la noche anterior. Tenía la mente en blanco, pero un peso enorme en el pecho. Pensaba en la bronca de anoche, en las acusaciones de Mateo y en el calor
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